Zamora se hincha al 'dos y pingada': un festín centenario
Zamora celebró el Domingo de Resurrección con una tradición tan arraigada como contundente: el 'dos y pingada'. Miles de zamoranos, y tantos turistas que se sumaron a la fiesta, se dieron el capricho de degustar este almuerzo de huevos fritos y jamón, un ritual gastronómico que ya supera las siete décadas de historia.
Los orígenes humildes de un plato popular
La historia del 'dos y pingada' es tan sabrosa como el propio plato. Nació a mediados del siglo XX, de la mano de los costaleros que, tras largas jornadas de procesión, necesitaban reponer fuerzas con un bocado rápido y energético. Sus primeros escenarios fueron los bares de la Horta, lugares de encuentro donde se compartían historias y se forjaban tradiciones. Santos Manjón, propietario del bar Oviedo’s, uno de los testigos más antiguos de esta costumbre, recuerda con nostalgia aquellos tiempos.
Pero hay un detalle que a menudo se pasa por alto: el plato, inicialmente concebido para saciar el hambre de unos pocos, se convirtió en un símbolo de la resiliencia y la camaradería zamorana. Lo que nadie cuenta es que, hasta principios del siglo XXI, el 'dos y pingada' valía mil pesetas y se servía exclusivamente en este barrio, un privilegio que hoy se ha extendido a toda la ciudad.

Del barrio a la ciudad: la expansión del 'dos y pingada'
Raúl Cabrero, propietario del bar Liberten, otro pilar de esta tradición, relata cómo, en aquellos años, llegaban a servir hasta 300 platos diarios. La asequibilidad del menú, combinada con su ubicación exclusiva, lo convirtió en un reclamo irresistible para los zamoranos que buscaban una comida sabrosa y auténtica. Hoy, aunque la cantidad ha disminuido, el 'dos y pingada' se ofrece en prácticamente todos los restaurantes de la ciudad, y el bar Liberten ha ampliado su terraza para hacer frente a la demanda.
El plato, un ejercicio de sencillez que consiste en dos huevos fritos, dos lonchas de jamón serrano a la plancha y una rebanada de pan, se vincula a la celebración religiosa del Domingo de Resurrección, poniendo fin a la abstinencia de la Cuaresma. La tradición se ha adaptado a los tiempos, pero su esencia permanece intacta, una muestra de la capacidad de Zamora para preservar sus costumbres más arraigadas.
El Ayuntamiento, consciente del auge de esta celebración, ha organizado un concierto en la Plaza Mayor para alargar la fiesta más allá del almuerzo. David Gago, concejal de Promoción Económica, recuerda que en el siglo XX la celebración del Domingo de Resurrección era aún más fastuosa, con desfiles de carrozas, algo a lo que se aspira volver a recuperar.
La cifra habla por sí sola: el concierto del año pasado reunió a 10.000 personas en la Plaza Mayor, un testimonio del fervor zamorano por mantener vivas sus tradiciones.