Martínez clama por justicia en asunción:
Asunción se sumergió en una Semana Santa marcada por la dura denuncia del Cardenal Adalberto Martínez. En una misa dominical repleta, el purpurado no solo invocó la resurrección de Cristo, sino que encendió las alarmas ante la escalada de violencia y la persistente desigualdad que atenazan al país.
El dolor del pueblo paraguayo ante la indiferencia
El sermón del arzobispo, pronunciado en la Catedral Metropolitana, fue un reflejo del desasosiego que recorre Paraguay. Martínez no escatimó en críticas al señalar las guerras, los derrumbes y los “enfrentamientos” que asolan al planeta, sin mencionar conflictos específicos. Pero el golpe más contundente llegó al denunciar el trágico flagelo del feminicidio, un problema que desangra a la sociedad paraguaya y que, según sus palabras, evidencia una profunda crisis de valores.
La cifra es escalofriante: Paraguay ha registrado un aumento preocupante en casos de violencia de género en los últimos años. Pero más allá de las estadísticas, hay rostros, historias truncadas, familias destrozadas. El cardenal Martínez, con su mensaje, buscó poner el foco en ese dolor silenciado.

Más allá de la fe: un llamado a la acción
Pero la denuncia no se quedó solo en la esfera religiosa. Martínez extendió su mirada a la realidad social, denunciando el tráfico de personas, una práctica “desquiciada” que, a su juicio, “comercializa con la dignidad de las comunidades”. Remarcó la situación desesperada de familias enteras, desplazadas, sin techo ni acceso a la salud, un retrato crudo de la exclusión que persiste en el corazón de Paraguay.
El cardenal no se limitó a constatar los problemas, sino que lanzó una contundente llamada a la acción. Recordó que la Pascua, más allá de la celebración religiosa, es una “permanente reforma de la sociedad”, un “cambio continuo” que debe materializarse en la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y la erradicación de la impunidad. El combate, según su visión, debe extenderse a la injusticia social, la inequidad y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno.
Lo que nadie cuenta es que este llamado resuena en un país marcado por la polarización política y la desconfianza en las instituciones. La corrupción, el crimen organizado y la impunidad son males endémicos que corroen los cimientos del estado de derecho. La homilía del cardenal Martínez, en este contexto, adquiere una relevancia particular, al plantear la necesidad de un compromiso colectivo para construir una sociedad más justa y equitativa.
La Semana Santa en Asunción, con sus misas, procesiones y visitas guiadas, se vivió bajo el prisma de esta reflexión. Pero el verdadero desafío, como bien apuntó Martínez, radica en traducir esa reflexión en acciones concretas, en un compromiso real con la transformación social. Porque la Pascua, al final, exige algo más que plegarias: exige un cambio radical.