López miras, en cuadriga, desafía el escepticismo en lorca
Mientras la política autonómica se enreda en debates acalorados, el presidente de Murcia, Fernando López Miras, optó por una estrategia inusual: subirse a una cuadriga en el desfile del Viernes Santo de Lorca. Un gesto que, más allá de la tradición, levanta ampollas y pone de manifiesto una conexión particular con la ciudad, cultivada a lo largo de varias ediciones de esta emblemática celebración.

Un acto de fe o una estrategia de comunicación?
La imagen, difundida a través de sus redes sociales con el lacónico mensaje “Lorca en el corazón”, ha generado un torrente de reacciones. Algunos lo interpretan como un sincero vínculo con la ciudad, un acto de fe en medio de la crispación política. Otros, sin embargo, ven en la escena un calculado movimiento de comunicación, una apuesta por proyectar una imagen de cercanía y arraigo en un territorio clave para su gestión.
El desfile bblico de Lorca, un evento al que asisten miles de visitantes cada año, es mucho más que una simple manifestación folclórica. Se trata de una expresión profunda de la identidad lorquina, un crisol de emociones y tradiciones que se concentra en el Viernes Santo. El Paso Azul y el Paso Blanco, dos de las cofradías más representativas, son protagonistas indiscutibles de un espectáculo que trasciende las fronteras de la región.
La cifra habla por sí sola: Lorca, tras el devastador terremoto de 2011, ha sabido reconstruirse y reafirmar su identidad. La Semana Santa, convertida en motor turístico, es un símbolo de esa resiliencia. López Miras, al sumarse a esta tradición, parece querer transmitir un mensaje de apoyo y compromiso con una ciudad que lucha por superar las adversidades.
Pero hay un detalle que no escapa al análisis. En un contexto marcado por la polarización política y la creciente desconfianza hacia la clase dirigente, la imagen del presidente, ataviado con ropajes religiosos y montado en una cuadriga, podría ser percibida como una puesta en escena excesivamente simbólica, incluso artificial. La línea que separa la tradición del oportunismo es, a menudo, muy delgada.