La pobreza en colombia: ¿avance real o espejismo estadístico?

En medio de una creciente preocupación internacional por la pobreza extrema, el ministro Edwin Palma Egea ha salido al paso de las críticas de la senadora María Fernanda Cabal, defendiendo los avances del gobierno Petro en la reducción de la pobreza y la pobreza energética. Pero, ¿son estas cifras la realidad que percibe la ciudadanía colombiana, o un ejercicio de manipulación estadística?

La réplica del gobierno: números y matices

La senadora Cabal, con una vehemencia poco común, acusó al gobierno Petro de haber sumido a Colombia en una situación de pobreza comparable a “niveles de muertos de décadas atrás”. Sus palabras, cargadas de dramatismo, se viralizaron rápidamente en redes sociales, desatando un debate encendido sobre la situación económica del país. El ministro Palma Egea respondió con una contundente defensa de las cifras oficiales, argumentando que, si bien la pobreza persiste, el porcentaje de colombianos en situación de pobreza extrema es inferior al que dejó el gobierno anterior, liderado por Iván Duque.

Según datos del Banco Mundial, Colombia ha logrado reducir su tasa de pobreza extrema del 9,27% en 2022 al 7,7% en 2024. Un avance, sin duda, pero uno que coloca al país aún por encima de naciones de su entorno como México (2,33%), Costa Rica (1,28%) y Estados Unidos (1,25%). La cifra de pobreza monetaria, definida como la incapacidad de acceder a una canasta básica, también ha disminuido, pasando del 43,1% al 31,8%.

El ministro Palma Egea añadió un dato que, según su criterio, revela un impacto social significativo: la salida de más de 760.000 colombianos de la pobreza energética gracias a iniciativas como Colombia Solar. Una política que, según el ministro, democratiza el acceso a la energía y moviliza otros derechos fundamentales.

El mercado laboral: motor de la recuperación, pero con sombras

El mercado laboral: motor de la recuperación, pero con sombras

La recuperación del mercado laboral, impulsada principalmente por el sector de servicios urbanos y el empleo público, ha sido el principal impulsor de la reducción de la pobreza monetaria. Un estudio del Centro de Estudios Económicos Regionales de Cartagena del Banco de la República revela que casi la mitad de esta disminución se debe a la formalización del empleo, con un 46% del impacto atribuido al sector informal. A esto se suman los ingresos de trabajadores informales y otros ingresos, cada uno con un aporte significativo.

Pero hay un detalle que nadie parece querer mencionar: las ayudas institucionales, lejos de consolidar esta tendencia a la baja, han actuado como contrapeso, limitando el impacto real de la recuperación económica. Las ciudades de Bogotá y Medellín han liderado la disminución nacional, compensando el estancamiento en otras regiones como Bucaramanga y Cúcuta.

La advertencia de los expertos: desigualdad persistente

La advertencia de los expertos: desigualdad persistente

A pesar de los avances en la reducción de la pobreza, los expertos advierten sobre la persistencia de altas tasas de desigualdad y la fragilidad de la recuperación. Laura Moisá, codirectora del Banco de la República, ha señalado que “seguimos teniendo niveles de pobreza altos” y que la distribución del ingreso es “muy desigual”, lo que dificulta que muchas personas logren salir de esta situación. Carolina Soto, excodirectora del Banco de la República, enfatiza que la reducción de la pobreza “está estrechamente vinculada al mercado laboral”, cuya “actuación ha sido sorprendentemente buena después de la pandemia”.

La realidad es que, mientras las cifras oficiales muestran una mejora en la superficie, la desigualdad estructural y la precarización del empleo siguen siendo desafíos apremiantes para Colombia. La recuperación económica, si bien ha sacado a miles de personas de la pobreza, no ha logrado erradicar la vulnerabilidad que define la vida de millones de colombianos.

La pregunta no es si Colombia ha avanzado en la reducción de la pobreza, sino si este avance es suficiente para construir una sociedad más justa e igualitaria. Y la respuesta, por ahora, parece ser un rotundo no.