Irán reprende: bombardeos de ee.uu. e israel dejan víctimas civiles
Tres muertos y otros tres heridos. Ese es el saldo preliminar de los bombardeos perpetrados este sábado en el noroeste de Irán, atribuidos a Estados Unidos e Israel en el marco de la escalada de tensiones en la región. La cifra, confirmada por las autoridades iraníes, pone de manifiesto la creciente fragilidad de la seguridad en el país y la gravedad de la operación 'Furia Épica', que se prolonga desde finales de febrero.

Humanitarios en la mira: la media luna roja denuncia ataques
El subgobernador de seguridad de Ardebil, provincia escenario de los ataques, acusó directamente a Washington y a Tel Aviv, calificando los bombardeos como un acto “sionista”. La agencia semioficial Tasnim, principal fuente de información en este contexto, detalla que los ataques se concentraron en los condados de Germi y Jafarabad, zonas fronterizas con una importante presencia kurda. Pero lo que realmente debería encender las alarmas es la denuncia de la Media Luna Roja Iraní: cuatro de sus voluntarios, entre ellos un joven de tan solo 20 años, han sido víctimas de los bombardeos mientras prestaban asistencia a la población civil.
Jagan Chapagain, secretario general de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC), ha alzado su voz en redes sociales, exigiendo el fin a este “asesinato injustificable” del personal humanitario. La cifra de 1.900 fallecidos, según datos de la propia Media Luna Roja desde el inicio de la ofensiva estadounidense-israelí el 28 de febrero, es escalofriante. La cifra habla por sí sola: una guerra que se extiende y que, cada vez más, golpea a la población civil.
La operación 'Furia Épica', justificada por Washington y Tel Aviv como una respuesta a las acciones iraníes en la región, parece estar desbocada. Lo que nadie cuenta es el coste humano de esta escalada, un coste que se mide en vidas inocentes y en la destrucción de infraestructuras críticas. La muerte de los voluntarios de la Media Luna Roja debería ser un punto de inflexión, un recordatorio de que la guerra no tiene rostro y que las consecuencias se extienden mucho más allá de los frentes de batalla.
La escalada, lejos de amainar, parece destinada a intensificarse, con el riesgo de arrastrar a la región a un conflicto aún mayor.