Indulto en cuba: farsa para el régimen, desesperación para lisandro betancourt
El anunciado indulto por el régimen cubano, presentado como un gesto humanitario, ha resultado ser una burla para los presos políticos, especialmente para Lisandro Betancourt Escalona, quien denuncia una maniobra para aparentar clemencia mientras ignora las peticiones de aquellos que sufren por el disenso.

Un indulto selectivo: beneficios para cómodos, olvido para los enfermos
El régimen de Miguel Díaz-Canel prometió la libertad condicional a 2.010 reclusos, pero la realidad, tal como la describe Betancourt desde la prisión El Típico en Las Tunas, es muy diferente. Según su testimonio, solo seis reclusos fueron liberados, y estos ya eran candidatos a la libertad condicional. Lo que se presenta como un acto de magnanimidad, es, en palabras del propio Betancourt, “una farsa más y una mentira más”.
Betancourt, un hombre de 63 años con graves problemas de salud – amputaciones en ambas manos, pérdida de visión en un ojo, diabetes, hipertensión, cardiopatía, artritis, gota y un aneurisma – es uno de los presos políticos más antiguos de Cuba. Su exclusión del indulto, a pesar de su precaria condición, es un reflejo de la estrategia del régimen: ofrecer una imagen de apertura mientras reprime sistemáticamente la disidencia.
La ironía es palpable: el régimen se justifica argumentando un análisis de la conducta, tiempo cumplido y estado de salud de los sancionados. Sin embargo, los presos políticos como Betancourt, que cumplen décadas de condena por cargos vagos como “atentado” o “actos contra la seguridad del Estado”, son sistemáticamente excluidos. Las figuras penales con las que se castiga el disenso, como “desacato” o “resistencia”, son precisamente las que impiden la libertad de aquellos que osan desafiar al gobierno.
Según Javier Larrondo, presidente de Prisoners Defenders, la excarcelación se ha limitado a presos comunes, evidenciando un “jueguecito del régimen para intentar engañar a la prensa”. La organización documenta que en prisiones como Toledo 2, El Yabú, Boniato y Taco Taco, ni un solo preso político ha sido liberado, mientras que la población carcelaria común se reduce, aparentemente para abaratar costes penitenciarios en un sistema que, según sus datos, alberga a 90.000 presos en una población de 9 millones de habitantes.
Ante esta situación, Lisandro Betancourt ha anunciado una huelga de hambre como forma de protesta. Su caso, lejos de ser una excepción, es el símbolo de la arbitrariedad y la falta de garantías judiciales en Cuba, donde el disenso es castigado con largas penas de prisión y condiciones inhumanas.
La desesperación de Betancourt y las denuncias de organizaciones como Prisoners Defenders dejan al descubierto la farsa del indulto y la necesidad urgente de una revisión de las políticas penitenciarias en Cuba, donde la libertad de expresión y el derecho a la protesta siguen siendo reprimidos con violencia.