Femicidio en córdoba: perpetua para el hombre que ocultó el cuerpo en una camioneta

Río Tercero, Córdoba – Adrián Pérez Tica, de 54 años, ha sido condenado a cadena perpetua por el brutal femicidio de Rosana Silvina Rotchen, cuyo cuerpo fue hallado en la caja de una camioneta en su propiedad en Los Reartes. Un final, a todas luces, demasiado común en nuestra realidad, pero que exige una reflexión constante sobre la violencia de género.

La confesión y el hallazgo macabro

El desenlace de este caso se produjo tras un juicio abreviado en el que Pérez Tica admitió su responsabilidad en el crimen. La investigación, liderada por la fiscal Paula Bruera, reveló un panorama escalofriante: el femicida, tras la discusión que desencadenó el asesinato, trasladó el cuerpo de Rotchen a la caja de su camioneta. El aviso llegó a través de un inquietante mensaje de WhatsApp enviado por el hijo de la víctima, quien alertó a las autoridades sobre el macabro descubrimiento.

“Le volé los sesos por culpa tuya y de tu hermano”, confesó Pérez Tica en su mensaje, una declaración que, más allá de su crudeza, refleja una perturbadora distorsión de la realidad. Cuando la policía llegó al domicilio, lo encontró sentado en una reposera, con un vaso de whisky en la mano, como si nada hubiera ocurrido. Un contraste impactante con la tragedia que se desarrollaba a pocos metros.

Un vínculo marcado por la violencia, negado en las denuncias

Un vínculo marcado por la violencia, negado en las denuncias

Si bien no existían denuncias formales previas por violencia de género, los testimonios de testigos corroboraron la existencia de un trato violento por parte de Pérez Tica hacia Rotchen, una realidad lamentablemente frecuente en muchos hogares. La pareja, originaria de Rosario, se había mudado a Los Reartes buscando tranquilidad, pero la convivencia derivó en un infierno para la víctima, quien, según sus hijos, había manifestado la intención de separarse del acusado.

La ironía del arrepentimiento y un control asfixiante

Durante la audiencia, cuando el juez le preguntó a Pérez Tica si sentía arrepentimiento, su respuesta, cargada de ironía –“por supuesto”–, provocó indignación en la sala. La hija de la víctima, Denise N., describió la escena: “Dijo ‘por supuesto’ con ironía. El juez ahí lo mandó a sentar. No puedo afirmar qué sintió el juez pero creo que no le cayó muy bien a nadie la respuesta”. La frialdad del acusado, incluso frente a la justicia, resulta escalofriante.

Más allá de la condena, la historia de Rosana Rotchen revela la complejidad de las relaciones tóxicas y el control ejercido por el agresor. Según Denise, Pérez Tica ejercía un control absoluto sobre su madre, impidiéndole desarrollar su emprendimiento de cabañas e incluso cuestionando sus relaciones laborales. “Era celoso”, afirmó Denise, “no permitía que mi madre avanzara”. Vivía a costa de los negocios de su madre, una dependencia económica que, presumiblemente, contribuyó a perpetuar la situación de abuso.

La condena a perpetua para Adrián Pérez Tica no es solo una victoria para la justicia, sino un recordatorio doloroso de la persistente amenaza que representa la violencia de género en nuestra sociedad. El silencio cómplice, la falta de denuncias y la banalización del mal son los verdaderos cómplices de estos crímenes. La lucha continúa.