El cine argentino se miró al espejo y encontró victimismo: un filme olvidado lo denuncia
En la década de los setenta, el cine argentino abrazó una narrativa victimista que, con el tiempo, se convirtió en un espejo distorsionado de la realidad nacional. Un relato de frustración y pesimismo que, a menudo, oscurecía la capacidad de agencia y la complejidad del país. Pero existe una excepción, una película que, contra la corriente, cuestionó esa visión desde sus orígenes.

Las venganzas de beto sánchez: una crítica anticíclica
Mientras que títulos como La Patagonia Rebelde o La Noche de los Lápices consolidaban esa perspectiva derrotista, Las venganzas de Beto Sánchez, dirigida por Héctor Olivera en 1973, permaneció en la sombra debido a la censura impuesta por la dictadura militar. Ahora, revisitada, emerge como un testimonio fascinante y, sobre todo, como una advertencia.
La película narra la historia de Beto Sánchez (Pepe Soriano), un hombre atrapado en una espiral de frustración. Su desocupación, la muerte de su padre en un hospital público, la incapacidad de brindarle una mejor atención: todo se convierte en combustible para una venganza desmedida. Pero en lugar de dirigirse contra poderosos, Beto señala a quienes considera responsables de su desgracia: su maestra, un cura, su exnovia, incluso su madre. Se trata de humillaciones menores, una suerte de catarsis personal que, finalmente, resulta tan inútil como destructiva.
Lo sorprendente es que, en una época en la que el victimismo se arraigaba en la cultura argentina, Olivera levantó una bandera contraria. Beto Sánchez no es una víctima inocente; es un hombre maduro que se aferra a la inmadurez, incapaz de asumir la responsabilidad de sus propias decisiones. Su resentimiento, su necesidad de culpar a otros, lo mantienen prisionero de un pasado que no puede superar.
Este enfoque, que anticipa las críticas posteriores al discurso victimista popularizado por obras como Las venas abiertas de América Latina, era radical para su época. En un contexto político convulso, donde la búsqueda de chivos expiatorios era moneda corriente, Olivera se atrevió a mostrar la fragilidad y la irresponsabilidad inherentes a la actitud victimista.
El filme, por tanto, no es una simple historia de venganza, sino una radiografía de una sociedad que se autocomplace en el lamento y la autocompasión. Un análisis sutil, pero demoledor, de cómo el victimismo se convierte en una trampa, una forma de renunciar al futuro y de evitar la confrontación con la propia realidad. La película nos confronta con una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto el resentimiento y la búsqueda de culpables nos impiden construir un porvenir mejor?
La escena final, con Beto apuntando a su madre, es la culminación de esta reflexión. La respuesta de la madre, pragmática y dolorosa, lo devuelve a la cruda realidad. “Ya no eres mi chiquito”, le dice, liberándolo de la inocencia infantil y empujándolo a abrazar la condición de hombre. Un hombre que debe encontrar su propio camino, sin excusas ni lamentaciones.
Las venganzas de Beto Sánchez, más que una película olvidada, es un espejo en el que el cine argentino debería mirarse con frecuencia. Porque, a pesar de los cambios políticos y sociales, la tentación de buscar culpables externos y de evadir la responsabilidad individual sigue siendo una constante en nuestra cultura.