Albares reprende a egipto por cánticos racistas en barcelona

El amistoso entre España y Egipto en Barcelona terminó dejando un regusto amargo, no por el resultado deportivo, sino por una sonora muestra de intolerancia en las gradas. El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, ha condenado formalmente a su homólogo egipcio, Badr Abdelatty, por los cánticos de carácter racista y religioso que empañaron el encuentro, una actitud que, según el propio ministro, “no representa a la sociedad española ni a los valores del deporte”.

Un ambiente hostil en cornellà

Un ambiente hostil en cornellà

El choque, disputado el martes en el RCDE Stadium, se vio ensombrecido por episodios de escaso gusto. Desde la grada, concretamente desde la zona conocida como 'La Curva' del RCD Espanyol, se escuchó en repetidas ocasiones el cántico “Musulmán el que no bote”, a partir del minuto 20 del partido. Una provocación que, sumada a los abucheos al himno egipcio previos al inicio del encuentro, generó un ambiente de hostilidad palpable.

Pero hay un detalle que añade complejidad a la situación: también se registraron insultos dirigidos al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por parte de un grupo reducido de aficionados. Un hecho que, aunque menor en comparación con los cánticos racistas, contribuye a la reflexión sobre la creciente polarización que se manifiesta incluso en eventos deportivos.

Albares, a través de su perfil en la red social X, ha sido tajante: “España es un país tolerante y plural, que rechaza el racismo y la violencia”. La condena ministerial llega tras una semana marcada por el debate sobre la necesidad de combatir la xenofobia y la discriminación en el fútbol, un problema que parece extenderse más allá de las fronteras españolas.

La cifra habla por sí sola: 35.895 espectadores presentes en el estadio, muchos de ellos, al parecer, ajenos a la bajeza mostrada por algunos individuos. La imagen de un país que se presenta como ejemplo de diversidad e inclusión se ha visto empañada por este incidente, que obliga a una reflexión profunda sobre la necesidad de promover el respeto y la convivencia en el ámbito deportivo y, por extensión, en la sociedad en general. La diplomacia, en este caso, se impone para evitar que un episodio aislado genere tensiones bilaterales.

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