Habló muy poco cuando estuvo en Frailes. Lo suyo era cerrar los ojos, perderse en sabe Dios qué mundo, y tocar el bongó evocando las imágenes que cada espectador quisiera. El músico Nana Tsiboe pasó fugazmente por nuestro pueblo en el verano de 2013 gracias a FAC, la semana creativa que organizó Nico Adrian. Después de aquel estío, Nana no regresó. Sí lo ha hecho tantas veces su compañero en aquellos conciertos y talleres, Steve Rivington, ya un frailero más.

Tsiboe es negro, y ese color de piel en esta tierra sólo abunda cuando llega la temporada de la recolecta olivarera. La gente no sabía que era artista y, menos aún, la clase de músico que Nico contrató para mostrar otra cultura en una esquina andaluza con pulsiones artísticas ligadas al pop y al flamenco. Cuando lo escuché por primera vez, pensé justo en eso: ¿qué reacción despertaría entre los vecinos un tipo de Ghana que tocaba instrumentos difíciles de pronunciar? La cosa no pudo ir mejor. Así lo recuerdo al menos, sobre todo cuando impartió clases en el Centro Juvenil. Cuando compartió su mundo.

Nana no hablaba una palabra en castellano, y si abría la boca aquí, era para cantar (de qué forma) o comer choto en mi casa antes del mediodía. No le hizo falta el idioma, porque conectó con buena parte de los vecinos a base de ritmo y, en ocasiones más íntimas, con algún que otro cigarro aliñado.

Puedo verlo ahora en su último concierto en El Sierra´s. Los ojos en trance. La boca medio cerrada, sudando como en un combate de lucha libre. Espectadores mirándolo a pocos metros de él, como se mira a un globo de helio que se escapa. Estaría bien que regresara, sano y salvo, con una de sus camisetas caribeñas un verano cualquiera. Que sea otra vez un hombre inesperado.