El video promocional de las Veinticuatro Horas de Fútbol Sala invita a mirar hacia atrás. El motivo es el protagonista, Miguel Garrido, “Mangote”. Uno lo contempla atarse las botas, al comienzo del clip, y recuerda idénticos los veranos de la década de los noventa, sentado en aquellos balcones de tierra que había en la última fila, detrás de bloques de cementos que querían ser gradas.

Todo empezó con la Asociación Deportiva de Frailes, el ADF para entendernos. Había gente que jugaba precioso, como dicen los gaditanos. Uno de ellos era Paco Lorente, “Melones”, la zurda imparable hasta el día en que el bueno de Paco tardó más en darse la vuelta. A su lado creció un joven flaco, el pelo a cacerola, enamorado del regate, que dibujaba bicicletas entre agujeros y socavones cuando sacaba los tobillos a bailar. A un lado, al otro y zambombazo raso. Daba igual la pierna. El balón se estrellaba contra las redes, sólo los años que había redes, mientras el portero cavilaba: en qué pie se acomodará el cuero. Era Miguelillo, “Mangote”, el mismo del vídeo. Quemó etapas en el equipo sénior tan rápido que no llegó a vestir la camiseta rosa de los júniores, sus compañeros de generación. La gente iba a verlo a él, y Garrido no tardó en convertirse en el referente del fútbol sala frailero. Los aficionados le perdonaron, ya extinto el ADF, que cada año cambiara de escuadra.
—¿Cuántos equipos de Frailes juegan?
—El de “Mangote”.
—¿Y cuántos fraileros juegan?
—Él.

Ésto es la época contemporánea, cercana al clip promocional de la veinticinco edición. Son los tiempos del Mangote hercúleo en moto, que mira por el retrovisor su periplo profesional en lo que ahora es el Jaén Paraíso Interior. Que aquello no durase hasta hoy, que él eligiese no ser mejor en la pista en aras de vivir en Frailes, le da aún más riqueza al personaje. Cuenta Enric González que el brasileño Adriano, “El Emperador”, se cansó de meter goles en Italia porque extrañaba su favela, en Brasil. Quizá a Miguel se le hicieron oceánicos setenta kilómetros.

Un día, era yo un adolescente despistado, entré a la casa de mi entonces ídolo futbolístico, con el permiso de Iván de la Peña. Miguelillo me regaló unos pantalones cortos que de tan morados yo no sabía si eran del Jaén o de la segunda equipación del Madrid. No tuve agallas. No se lo pregunté.

Miguel Ángel Garrido, el realizador de la estupenda promo, consigue un instante cargado de simbolismo: el cronómetro pasa, cambian el suelo y las gradas del pabellón, pero hay una constante anclada: Miguelillo, “Mangote,” sigue ahí, en una atmósfera de vacío y soledad, chutando a puerta igual de bien con las dos piernas. Y a lo lejos una voz en off, la de Antonio Cano, “Blanquito”, nos recuerda que llegó el calor, que el balón tiene que rodar.