Con internet llegaron dolores de cabeza a mi casa, porque el uso del teléfono y el acceso a la red eran, en principio, incompatibles. Parece que hayan pasado cien mil años, pero hace poco más de una década había que elegir. Cada vez que desconectaba la clavija del número fijo para enchufar el cable al ordenador, un problema se me echaba encima. Las personas que entonces, como ahora, llamaban a mi casa no preguntaban por la salud; hacían encargos, negocios.

Lo primero que hice en internet fue intentar ser otra persona. Yo era un niño, y delante tenía una pantalla que me daba acceso a una realidad tan grande que no me cabía en la cabeza. El chat de moda en aquel tiempo me daba la oportunidad de hablar con desconocidos. Toda ficción duraba el tiempo en que la conexión se venía abajo. Insisto, yo era un niño.

Hoy internet está tan extendido desde tantas plataformas que el mundo virtual parece —es— infinito; cuesta más desconectar que conectar. Crecí. Aprendí a hacer un uso más edificante de la red. Contar historias, por ejemplo. Me llama la atención —si algún día escribo un ensayo, elegiré este tema— que haya tantos adultos regresando a la niñez en las redes sociales de la peor de las maneras: basta disfrazarse con un nombre para jugar a ser la persona que, te guste o no, llevas dentro.

Hace unos días, el alcalde de Frailes advertía en Facebook de que alguien se había dado de alta en la red de Zuckerberg con el nombre y el primer apellido del regidor local. En efecto, hay un perfil que pide solicitudes de amistad a fraileros. Más de uno lo aceptó creyendo que era el munícipe. Para mayor confusión, la reciente cuenta agrega una foto de un programa sobre igualdad del Ayuntamiento. No parece casual. “Algún amiguete”, escribió con ironía el alcalde restando importancia al asunto.

No deja de ser una anécdota. El supuesto suplantador elige el silencio porque quedará delatado en cuanto publique un comentario. Después de casi seis años de escritos y reacciones en internet he desarrollado un olfato muy sensible con los “trolls”. Tengo una sospecha. Seguro, seguro, que el individuo en cuestión tiene más de dieciocho años. Y eso sí es un problema.