El partido iba mal. No trenzábamos tres pases seguidos, no digo ya meter un gol. Teníamos menos de diez años, y necesitábamos ayuda. Un líder. Alguien que le cambiara la cara —ya que no se podía cambiar el equipo entero— a un enfrentamiento que nos estaba dejando muy mal delante de nuestras familias y nuestro pueblo. La copa de la Feria de Agosto se nos estaba atragantando. Entonces apareció un hombre enjuto, con poco pelo y cara de buena gente. Se llamaba Antonio Aceituno Navero. Él tenía la clave. Fue por eso que hizo una acción insólita en la historia del fútbol sala en Frailes: pasó de aficionado en la grada a entrenador en medio de un partido. El árbitro no puso pegas. Y Antonio, frailero emigrado a Cataluña, nos reunió en un círculo. Después se puso en cuclillas y sacó de un bolsillo la llave de su coche. Era la puesta en escena de la primera charla táctica que escuchábamos. A decir verdad, no sabíamos que había táctica: nos encomendábamos a la improvisación, nos dejábamos llevar como Frank Rijkaard en las ruedas de prensa. “No podéis ir todos al mismo sitio”, dijo Antonio. Con el tiempo captamos la idea: formación en rombo para atacar y un cuadrado para defender. Aquel partido lo perdimos, por supuesto, pero fue el punto de inflexión a una borrachera de éxitos que llegaría más tarde, dentro y fuera de la pista.

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De la gente que uno conoce en un bar, en el mío por ejemplo, lo que esperas es que tenga educación, que no busque bronca y que entienda que un camarero es un trabajador de la hostelería, no un siervo medieval. Antonio era de los buenos: correcto, sencillo y espontáneo. Sus virtudes como cliente las asocio a que experimentó en carne propia qué significa exponerse en público. “No sabes la cantidad de horas que hice. Un turno detrás de otro”, me dijo hace unos días.

Los momentos en que más me identifiqué con él eran las noches de “Champions” y los Madrid-Barça. Antonio y yo sufríamos entre la manada: pasábamos de ser tipos normales a volvernos un poco locos por la pasión, por el fútbol. Su madridismo era irremediable. Asistió a una época atípica: los mejores años del eterno rival —las obras de Guardiola y Luis Enrique— coinciden con la ansiada Décima.
En Cataluña, el frailero trabó amistad con Toni Jiménez, exportero del Espanyol. Ambos, cómo no, enfrentados al equipo culé. El cancerbero apodaba a Antonio con el sobrenombre de “Olivo”. También conoció al hoy entrenador Sergi Barjuan.

Escribo de un hombre, de un paisano, que protegió los derechos de sus compañeros en un comité de empresa. Me gustaba de Antonio que no tenía problema en expresar sus convicciones políticas independientemente del escenario, tanto daba una taberna como la calle. Cuando lo entrevisté por las elecciones en Cataluña, fue rotundo: “Me siento andaluz, catalán de adopción y español”.

El hombre de las copas de la Feria de Agosto. El incondicional de los amistosos entre veteranos culés y merengues. Antonio estaba y ya no está, como si un partido hubiese acabado antes de los noventa minutos. No hay justicia poética. Merecía el descuento, la prórroga, los penaltis y pasar de eliminatoria. Era un “currela”. Se lo había ganado en el campo.