Escuché unas voces. Hacía un frío de Navidad en la calle. Eran jóvenes. Gargantas en medio de la noche de un viernes de noviembre. Salí de casa para hacer la última tarea de cualquier jornada en el bar: tirar la basura sin caerme dentro del contenedor. Anduve con el carro de la alegría hasta dejarlo en la zona del parque donde no se puede aparcar. Y aquellas risas contaban una fiesta. Me acerqué con pasos cortos por miedo a espantar a la manada. No pude ubicar a los miembros, pero capté la atmósfera de euforia. Una quedada. En el colegio. O a los pies del centro.
Aquello era noticia. Ruptura de lo común. Carne en movimiento.
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«Mediterránea será tu dieta». Lo último que se le puede pedir a una canción pegadiza es literatura. El reguetón lo dejó claro hace ya veranos. Los alumnos de Secundaria del Colegio Santa Lucía han grabado un vídeo musical en el que narran las bondades de la comida saludable. La grabación participa en un concurso organizado por el Ministerio de Agricultura. Pinta estupenda la cosa, pues a falta de unas veinticuatro horas para que se agote el plazo de votaciones, la muchachada del “Santa Lucía” está arriba, a punto de conseguir la hazaña. Los jóvenes han salido en la televisión y en el periódico. Son noticia. Cada voto en Youtube –cuando escribo este texto son más de 7.500— huele a triunfo. El vídeo está muy bien. Hay una ausencia de pudor en las secuencias que uno extraña en la vida real. Y la creatividad es necesaria. Supongo que es cuestión de empujar un poco a los niños. Moverlos hacia otro lado.

Los del encuentro nocturno no son los mismos que los del estribillo mediterráneo. Todos están en el colegio (o en el instituto). La vida les sonríe. Ganar un concurso escolar. Hacer un círculo al filo de la medianoche. Vivir sin ruido de fondo. Eso tiene un nombre.