Detrás de una verja metálica que abre despacio y sin titubear, Luis Martín Afán de Rivera, de cincuenta y siete años, tiene una parcela de unos 700 metros cuadrados donde cultiva tomates de huevo de toro, una de las variedades preferidas por los agricultores de Frailes. Martín ha vuelto a sus raíces después de veinte años como concejal en su municipio, dieciséis en el equipo de gobierno y cuatro, los últimos de actividad pública, en la oposición. Ahora, el hombre que vivía con el portón de la cochera de su casa casi entreabierto, a la espera de escuchar los problemas de algún vecino, muestra su producción hortofrutícola y manda un mensaje, sin alzar la voz, a quien quiera oírlo: habría menos hambre en el mundo si hubiese más hortelanos, si las trabas para regar fuesen mínimas. “Todos tendríamos para comer”, dice.

Martín, con dos canastos, en su parcela.

Hay en Martín una estética reconocible de hombre de campo: el reloj casio en la muñeca izquierda, la navaja de hoja fina en el bolsillo, los pantalones oscuros a juego con el paisaje y la cabeza gacha para escrutar cuanto crece entre la tierra. La parcela más puramente hortelana del frailero está en el término municipal, aunque a las fueras, al dejar atrás el único taller de motos del pueblo. Después de aparcar, Martín saca del maletero dos canastos de esparto que una hora más tarde lucirán espléndidos: tomates, pimientos y berenjenas se amontonarán como en un bodegón. No es posible lograr ese “cuadro” sin un trabajo previo que comprende desde la fase del cultivo, quizá el momento más árido, hasta la recolección, etapa final de un ciclo que atiende a las estaciones. Por ejemplo, en abril Martín puso las semillas de los tomates de huevo de toro. “Lo normal es recogerlos a mediados de julio”, explica.

La producción hortofrutícula, recogida

Si el frailero conoce la diferencia entre las variedades —la simona tiene un crecimiento vigoroso e indeterminado, dice mientras señala una mata que se enreda como una escalera de caracol— es porque tuvo la inquietud de cuidar la tierra desde la adolescencia. Ese hábito parece esquivo a las generaciones de hoy y, más aún, a las que están por venir. ¿Desaparecerán los hortelanos en la Sierra Sur de Jaén? “En Frailes hay muchos vecinos con su propia huerta que intercambian productos e impresiones. Pero es cierto que la mayoría tiene, como yo, más de cincuenta años”, analiza.

Cuando fue teniente de alcalde, Martín desarrolló una iniciativa para fomentar el cultivo del espárrago en Frailes y en la comarca. El proyecto consistió en alquilar terrenos privados para que lugareños los trabajasen merced a planes de empleo. “Fue una idea experimental que entrañó dificultad por una cuestión que aún es un obstáculo: la falta de estructuras comarcales para poner en marcha cooperativa de agricultores”, cuenta. La idea de Martín —todavía vigente, aunque ya no sea un actor político con capacidad para ejecutarla— era darle más autonomía a los productores y precios competitivos a los consumidores en un sector donde, a su juicio, ganan menos los que más trabajan.

Martín trabaja a menudo su parcela

Martín cuenta con otra parcela junto a la cruz del paraje de Sotorredondo. Hay frutales en medio de un ambiente de silencio presidido por una noguera enorme que da nueces y sombra. También hay, nada más entrar, dos sillones antiguos. Acomodado en uno de ellos, después de comer un melocotón, el que fuera —tal vez aún lo es— político mira atrás: “Ahora también reparto productos entre el pueblo. Como hacía antes. Con las huertas nadie se vuelve rico, pero tampoco se pasa hambre. Representan un sustento”, concluye. Una fuente de autoabastecimiento.

 

Publicado en el suplemento “Agrario” de Diario JAÉN