Deslizo el dedo hacia arriba en la pantalla de mi móvil y pulso un círculo pequeño en cuyo interior hay un avión minúsculo. La costumbre es reciente. Demasiado nueva como para afirmar que funciona. Pero los síntomas me gustan: el teléfono no suena, sigue vivo, pero anestesiado. Y uno faena o se rasca la barriga tranquilo: no llegará un mensaje de WhatsApp viral que no interesa ni una notificación de Facebook sobre un evento absurdo. Tampoco molestará un correo de un jefe en un día de descanso. Las interrupciones impuestas.
Modo avión.
Quizás (me) funcione.
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El contacto visual entre interlocutores está en peligro. Sé de lo que hablo. Ejemplo: dos colegas de toda la vida que sólo se ven en los periodos vacacionales beben cerveza en un bar. Están sentados en sendos taburetes, los brazos apoyados en la barra. Lo normal es que hablasen entre ellos, uno enfrente del otro. Nada de eso: ambos dirigen sus miradas a sus propias manos no para leerse el futuro; están concentrados en el móvil. Cada uno en el suyo. Teléfonos inteligentes.
Se hace el silencio. Se prolonga el silencio. Y uno de los dos advierte que la comunicación (la relación) está “unplugged”, fuera de onda.
—¡Qué asco de móviles, tío!— dice, y reconoce el vicio que comparten.
La solución que propongo para evitar ese ridículo, esa falta de empatía: modo avión. Chao a los datos vía internet. Entre adictos debemos ayudarnos.
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Son más de las doce de la noche. Toco al timbre de la puerta de urgencias. Un hombre con el rostro ojeroso me abre. Entonces entramos (porque el enfermo no soy yo, sino A) y el profesional recupera su puesto. Vuelve a sentarse en la silla mientras A y yo nos acercamos, decididos, a su mesa de trabajo. En esa mesa hay un ordenador. Detrás de la máquina está el hombre —el profesional—. La conexión entre ambos es indiscutible por mucho que el tipo le regale a ella (a la computadora) el mismo silencio que a nosotros, dos personas, una de ellas mermada. Y aunque no lo pienso en ese momento, ahora sí me doy cuenta: ahí lo tengo, un hombre en modo avión. No habla. No nos pregunta nada. No nos mira. Pero se mueve. Sus dedos teclean algo. Sí, está en modo avión. Qué mal. O qué bueno.
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No es provechoso estar cada minuto conectado a la tecnología. Pero tampoco parece una idea inteligente vivir permanentemente en guardia, atento a todo a lo que pasa en la calle. Es imposible. Hasta en el trabajo hay momentos de distensión, de huida a otro mundo.

Pienso en los gestores de las administraciones públicas. ¿En qué modo están cuando toman decisiones? Cuando subsidian sin criterio libros de sus amigos. Cuando zancadillean a los autónomos con tratos especiales a desempleados. Cuando propician discriminación positiva para la mujer en concursos públicos.

Lo intuyo. Están despiertos. Conectados. En plenas condiciones.
Y entonces, nada.
Yo, a leer y a escribir.
Con mi avión protector.