Cuando el cronista Álex Ayala llegó a mi bar, yo aún dormía. Mi madre me anunció por teléfono que «el periodista» estaba aquí, en Frailes. La hora de conocer en persona a uno de mis referentes había llegado. Acercarse a un ídolo despierta inquietudes. También sospechas. ¿Cómo será? ¿Un artista con ínfulas o un hombre corriente?

Hace tiempo que Álex, vasco afincado en La Paz (Bolivia), y yo conversamos gracias a Facebook. Empecé a leer sus crónicas en diferentes medios escritos de España y Latinoamérica. Compré en Amazon su primer libro, “Los mercaderes del Che”. No descubro nada: Ayala es un galáctico de la crónica. Practica el tipo de periodismo que me encanta como lector y que, poco a poco, aspiro a producir como reportero. Fue por eso que le pedí amistad por la comunidad de Zuckerberg. «Hay que molestar a los maestros», dice Marco Avilés, cronista peruano, amigo de Ayala. Y yo “molesto” con frecuencia al ganador de la primera Beca Michael Jacobs para periodistas de viajes. Le pregunto cómo es nuestro oficio al otro lado del charco. Le pregunto si es una buena idea hacer la maleta, coger un avión y probar suerte en América del Sur. Le pregunto, en definitiva, muchas cosas. Y Álex siempre me contesta, me escribe como un colega. No he tenido la misma suerte con otros autores que sigo por las redes sociales.

Lo encontré en persona, el pasado viernes, junto al colegio Santa Lucía. Venía de la casa de Manolo el Sereno acompañado por su anfitrión en Frailes, Manolo Caño, de la asociación Maelse. Ayala —delgado y alto, el cabello rubio, el rostro de hombre bueno— me regaló “La vida de las cosas”, su segundo libro, una compilación estupenda de sus artículos sobre objetos (y personas) en el diario boliviano La Razón. Tuvimos tiempo de conversar y beber, con Caño, unas cervezas en la casa de Jacobs. Y fue curioso: parecía un vecino más. Un escritor genial, sí. Pero un tipo corriente, cercano. Eso pensé. Y me acordé de otro autor también muy alto, de andar encorvado, igual de sencillo que Ayala. Casualidad, supongo.

Está bien tener referentes, personas a las que nos gustaría parecernos. Y es aún mejor que esos ídolos destaquen por su humildad. Lo pienso mientras mi madre se zambulle en “La vida de las cosas”. A Álex Ayala le gusta escribir sobre personajes minúsculos capaces de grandes hazañas. Dos cosas tengo muy claras después de su estancia en Frailes. Él es una persona mayúscula. Y si algún día resucita su revista Pie Izquierdo, no tendrá más cojones que contratarme. Lo prometió. Y había un testigo.