Era un día normal hasta que Juan Antonio Jaén salió a la calle, justo a la puerta de su casa. El mecánico frailero miró a un lado y a otro. Constató un vacío visual donde debía de estar su coche, un Land Rover blanco con rallas horizontales de azules degradados en el lateral. Era un día normal, pero Juan Antonio Jaén, un hombre tímido y tranquilo, había perdido su vehículo a las nueve de la mañana. Cuenta Inma Lebrón, la esposa, que su marido pensó en un robo. La mujer, más prudente, instó a su compañero a que mirara en otras calles. Quizá lo había aparcado en la puerta de algún cliente. “Pero Juan estaba bloqueado”, relata ella, por escrito, a este cronista.

La idea del hurto no tenía ya freno en la cabeza del mecánico, que acudió presto al cuartel de la Guardia Civil para registrar la denuncia. Antes dejó un mensaje en su cuenta de Facebook: «Land Rover robado. Si por casualidad alguien ve o sospecha algo, se agradece la información». El SOS también llegó a una decena de grupos de WhatsApp: la fotografía del coche desaparecido se convirtió en pocas horas en una instantánea más del álbum de fotos que es la vida en Frailes. En este pueblo todo es posible: un albañil dio carpetazo al caso sin moverse del sitio; que aprendan los agentes de “True Detective”. José Luis Pareja, de Josyal, comprobó, después de que sonara su móvil, que el vehículo que estaba frente a sus ojos era el de Juan Antonio Jaén, matrícula J-1606-AD. Todo resuelto en la calle San Pedro. Fermín Peláez, vecino de la zona, y Pareja no daban crédito. El obrero pidió una recompensa a la altura del esfuerzo de la operación.

Nunca se fue el Land Rover. Sí desapareció la paranoia del propietario, que pasó del cabreo a la risa en poco tiempo. La pareja asume ahora el cachondeo en las redes sociales. Juan Antonio Jaén cerró su ficción en el cuartel de la Guardia Civil. Nada importante: las consecuencias de ir un paso (o una milla) por delante de la realidad.