José —alto, moreno, el pelo corto— es un albañil que ronda la treintena. Tiene una idea extraña y sugerente: quiere que yo le escriba un libro. Aún no me ha dicho de qué va la historia. No sé tampoco quién es el protagonista, ni el género, ni dónde transcurre la trama. Nada. Lo sorprendente es que él parecía muy convencido cuando me lo propuso. José y yo apenas nos conocemos.

—¿Tú eres escritor? —me preguntó en mi bar mientras bebía cerveza.

—Bueno, yo escribo —le contesté. Yo estaba al otro lado de la barra.

José, natural de Puerto Lope (Granada), calló unos segundos antes de proponerme su idea:

—Quiero que me escribas un libro —dijo, el rostro serio.

—¿Un libro de qué?

—Eso ya te lo diré. Lo que me interesa es que el título salga el primero en los buscadores de internet. Y en varios idiomas.

El albañil no estaba de broma; cavilaba antes y después de sugerirme su creación tan ambigua. José tenía problemas para explicar su encargo, pero su lenguaje corporal me decía que alguna bombilla se había encendido en su cabeza, que tenía un plan aunque no supiese verbalizarlo.

—¿Quieres que escriba sobre ti, sobre tu vida? —le pregunté.

Él, misterioso, no contestaba, pero seguía ensimismado.

—Lo vamos a hacer —dijo.

Yo asentí. Intercambiamos nuestros números de teléfono.

Meses después de su encargo, sigo atento a que reactive su oferta. Me atrae más resolver el jeroglífico —¿qué querrá este hombre que escriba?— que el trabajo literario.

***
Lorenzo López, frailero de toda la vida, me llamó hace un par de semanas.

—Fran, ¿qué pasa? Mira, he escrito unos poemas. Me gustaría que los leyeras tú, que eres escritor. Si quieres, podemos publicarlos en Frailespático.

—Bueno, me pillas en el periódico, en Jaén. Cuando vaya al pueblo hablamos.

—Te dejo los poemas en tu bar, ¿vale?

En el restaurante de mis padres la gente ha dejado, por voluntad o por descuido, cosas de todo tipo, pero nunca nadie entregó unos poemas. El impulso lírico de Lorenzo es noticioso. Ahí, en sus folios escritos a mano, hay una historia que contaré antes de que acabe el año. Lorenzo me ha explicado de que habla en sus creaciones: la vida, el amor, los fracasos, la familia.

En febrero cumpliré tres años de reportero remunerado. No he llegado a grandes conclusiones en el oficio. Sí intuyo una verdad de manera difusa, como le pasa a mi colega de Puerto Lope con su libro: no todo el mundo tiene algo que contar, pero todos queremos ser escuchados. O leídos.