En mi casa éramos tres hijas. La llegada de un niño hizo mucha ilusión. Nació muy pequeñito. Era precioso. Lo llamamos David. Yo tenía entonces ocho años. Lo recuerdo como si fuese ayer, y ya han pasado tres décadas. Tengo grabados sus ojos, muy grandes y bonitos.

Todas estábamos emocionadas cuando mi madre llegó a casa procedente del hospital. Venía con nuestro hermano en sus brazos. Cuando mi madre le cambió el pañal por primera vez, David se hizo pipí en público. Así entraba en la familia.

Parecía sano, como cualquier niño. Nadie pensó que le podía pasar algo. Nunca le he preguntado a mi madre cómo ocurrió todo; le evito evocar momentos tan duros.

David sufrió un infarto. Fue muy bonito compartir aquellos meses contigo. Recibirte en casa fue muy fácil; despedirte tan pronto, difícil, inconcebible.

Nunca te olvidaremos estés donde estés. Ocupas un lugar en el corazón de cada uno de nosotros. Mi hijo lleva tu nombre.
David, te queremos.