Hace pocos días, visité la red social Facebook para mirar las publicaciones de todos mis amigos. La verdad es que no llegué a ninguna conclusión destacable, pero sí que me di cuenta de que la mayoría solo publica sus pequeños logros. No es raro encontrar afirmaciones entre los internautas (incluida yo) como, por ejemplo: “¡Ya tengo el carnet de conducir!” y “¡He aprobado selectividad!”. También de carácter más adolescente: “De ‘party hard’ con mis niñas”. Afirmaciones de momentos felices. Afirmaciones de victorias. Pero, ¿dónde están los fracasos? ¿Se nos ha olvidado que también nos hacen ser quienes somos? ¿Pensamos, quizá, que publicar constantemente que somos felices y que logramos varias de las cosas que nos proponemos nos hace más auténticos? Puede que sí. No obstante, creo que lo que nos hace auténticos y moldea nuestra forma de ser, lo que nos da ese impulso para lograr nuestros objetivos es fracasar. Todos cosechamos fracasos en diferentes ámbitos de nuestra vida. Puede que nos avergoncemos de ellos. Pero, a fin de cuentas, nos han hecho madurar, crecer como personas.

Quiero contar la historia de una persona a la que tengo un gran aprecio. Los fraileros la conocéis, bien por sus cantes, bien por el apodo de su familia o por vuestra amistad, si es el caso, con ella. Hablo de Mónica García Machuca, más conocida en el pueblo como Mónica “la Pajarica”. Se ha ido a un islote en medio del mar, ha tenido que traspasar fronteras españolas para poder subsistir en esta recesión económica.

Hacía tiempo que no hablaba con ella y que nuestra unión de “amigas para siempre” de la adolescencia se esfumó por arte de magia de un día para otro (son cosas que pasan). Recuperamos el contacto el pasado mes de agosto, empezamos a hablar y a ponernos al día de nuestras vidas. Le hice una visita. Me encontré con que la Mónica alegre, sonriente y divertida que yo recordaba estaba escondida, apagada. Intentaba hacerme ver que era la de siempre. No funcionó.

Poco después de la conversación, me entero por una red social de que Mónica se va a Oxford. Sin dudarlo, le mandé un “Whatsapp” para desearle lo mejor. Le dije, cómo no, que estaría para lo que necesitase. De repente, cuando estábamos retomando nuestra amistad, el destino —o, mejor dicho, su libre elección— le deparó otro camino. Cuando aterrizó en el archipiélago británico volví a ponerme en contacto con ella e intenté averiguar por qué aquel día de agosto en su casa no vi a la amiga que conocía ni encontré su sonrisa sincera. Me lo contó. Me pareció admirable su historia. Me dejó anonadada y le propuse contarlo aquí:

“No me encontraba motivada. Los estudios, que pensaba que me iban a ir bien, ya que me encantan los idiomas, acabaron siendo el principal de mis problemas. Mi carrera me resultó difícil y no me gustaba, por lo que empecé a tener problemas con la ansiedad y con la comida. Cuando conseguí darme cuenta de que no quería seguir estudiando esa carrera, me vi con un peso elevadísimo para mi edad, sin dinero, sin trabajo y sin ningún tipo de estudios a los que agarrarme, sólo con el Bachillerato. Así que me dije a mi misma: ‘Mónica, ¿qué es lo que de verdad te gusta?’. Entonces pensé en tres cosas que me gustan: la música, los idiomas y el dibujo”, me contó. También le pregunté por qué decidió emigrar. “Ya me habían hablado de irme a cuidar niños al extranjero, así que decidí hacer una solicitud. Empezaron a llegar ofertas de Francia, Irlanda y Reino Unido. Me vine a Oxford porque me pareció una ciudad muy interesante. La verdad es que no me equivoqué”, me dijo. Y ahora vive en Banbury, una ciudad próxima a Oxford. Cuida dos niños. Les ha cogido mucho cariño.

En nuestra conversación no pude pasar por alto el tema de la opinión de sus padres. Es innegable el dolor que supone para los progenitores ver a sus hijos coger un avión para trabajar en otro país. “Los míos no se lo tomaron muy bien. Creían que no era necesario venir a Inglaterra para buscarme la vida, que había trabajo más cerca de ellos. Ahora creo que están contentos: me ven feliz y bien” , expresa la frailera.

Pienso que sus padres están muy orgullosos de tener una hija tan valiente y tan luchadora. Ahora hablo con Mónica casi todas las semanas. Me pasa audios de los niños a los que cuida. La veo en Facebook: ha vuelto su sonrisa de verdad, cada vez está más delgada y más cerca de su objetivo. Ahora trabaja. Como es normal, extraña a su familia, pero esto sólo es temporal. Sólo es una nueva experiencia. Ya mismo estará vuelta para cantar como ella sabe. Y es que se ha atrevido a contar sus debilidades para demostrar que, con tiempo y esfuerzo, pueden convertirse en logros.