Fui a la fuente del Nacimiento hace pocas semanas. Era una mañana espléndida —o un mediodía; juraría que no madrugué— de sol veraniego. Al subir la cuesta —venía de mi casa— me arrepentí de llevar manga larga. Necesitaba una fotografía de las obras. Una plataforma enorme a ras de suelo avisa de que el escenario está en pleno proceso de transformación. Jesús “el Fontanerillo” posó junto al chorro de agua a instancia de José Cano Chica, de Construcciones Ríos. La imagen ilustró una noticia de Diario JAÉN.

Jesús "el Fontanerillo", junto al manantial del Nacimiento

Después de esa fotografía, descubrí una escaleras. Están a la izquierda del manantial. Invitan a subir para disfrutar de una visión más amplia de la zona. Hice otra captura desde lo alto. Los trabajadores seguían a lo suyo con el consecuente ruido de fondo: música de hierros, ladrillos y palas. Me alegré de no ser cámara.

El entorno del Nacimiento es ahora, poco antes de su inminente inauguración, diferente al que tenía en la cabeza. Precioso, muy distinto al que recordaba.

Vista panorámica del Nacimiento
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Tengo apenas diez años y porto en cada brazo un par de botellas de casera vacías. Mi hermano, cómplice, lleva otras tantas. Al llegar a la fuente del Nacimiento comprobamos que no somos lo únicos: hay cola junto al manantial, rodeado de vallas negras de hierro. Sólo falta un comerciante para que parezca una tienda. Pasa el tiempo, estoy detrás de un señor en tirantes con los hombros cubiertos de bello. Es un hombre mayor —hoy día sigue exactamente igual; hay personas que a partir de cierta edad no cambian, adoptan un cuerpo definitivo —, lleva gafas de sol y sonríe cuando me ve con cuatro botellas de plástico. El agua cae en abundancia. El tipo ha llenado su cantimplora cubierta de esparto. Mi hermano está en el otro caño —a mi derecha— enjuagando una botella. Ya me toca. Justo cuando pongo uno de los recipientes debajo del chorro, éste se vuelve muy débil hasta que el agua desaparece. Hay interruptores, botones que están como hundidos. Pulso uno. Se escucha un sonido idéntico al de un eructo. Suena natural. Segundos después, el agua regresa con fuerza. Y me salpica.
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Es de madrugada. Unos jóvenes estamos sentados en el banco verde y oxidado que hay junto a la fuente del Nacimiento. La noche de fiesta arroja resultados poco halagüeños a juzgar por la ausencia de mujeres. Todos tenemos lo mismo: mareo. Nos acompaña un veterano de la parranda local para consolarnos: José Garrido “el Bubi”. Los temas de conversación escasean. Un compañero se levanta del asiento camino de la fuente. Pulsa el interruptor para que aparezca el chorro y, de paso, pone sonido ambiente a una escena que se repite cada fin de semana como un “déjà vu”. El compañero —no voy a decir su nombre; rarísimo en mí — acumula agua entre las palmas de sus manos, unidas para evitar filtraciones. Mi amigo se lava primero la cara, como si estuviese en su cuarto de baño, luego se refresca el cogote y, ya con síntomas de mejora, hasta bebe un poco. El manantial como fuente de purificación, como panacea ante la cogorza. Reunidos todos en el banco, José comparte con el grupo un mensaje. Su voz ronca no admite negociaciones:

—Aquí nos quedamos hasta que canten las golondrinas.