Lleva más de 14.000 horas de vuelo a sus espaldas. Francisco Castro Nebrera es piloto desde el año 1990. Es también un veraneante asiduo en Frailes, pueblo con el que no pierde contacto. Tampoco desde las alturas.

Vista de Frailes desde las alturas

Inició su carrera el 15 de enero de 1990. Fue entonces cuando ingresó en una institución en la que, según cuenta, disfrutó de su labor: el Ejército. “Estuve hasta 1998 gracias a que aprobé las oposiciones para piloto de complemento. Ya era profesional militar”, manifiesta. De aquella época en las Fuerzas Armadas se la han quedado grabadas escenas que bien valdrían para recrearlas desde la ficción: “Me acuerdo de los ejercicios que realizamos con los ejércitos franceses y portugueses. También hacíamos maniobras de búsqueda y salvamento en Canadá: barcos en apuros, que estuviesen incendiados o apunto de naufragar. Fueron muchas misiones”, narra por teléfono.

Después de su ciclo militar, Francisco Castro se convierte en piloto de vuelos comerciales, su actual ocupación. Lleva el Airbus-320, un aeroplano de 180 plazas. “Tuve que sacarme el título civil. Y me contrató una compañía”, explica. Destino, Las Palmas de Gran Canaria. Asegura que hay un punto de inflexión importante en su carrera: pasar de las exigentes pruebas que realizó en las Fuerzas Armadas a pilotar un avión dedicado, fundamentalmente, a transportar turistas. “Hay una época para cada cosa. La trayectoria habitual de un aviador del Ejército es empezar a volar a los veintiocho años y ser destinado a un despacho con unos treinta y cinco o cuarenta, cuando ya es comandante. La carrera en el ámbito comercial es más larga, aunque reconozco que la experiencia en el Ejército es muy interesante. Ahora tengo 45 años y disfruto de otra etapa”, analiza.

Castro tiene su base en Las Palmas de Gran Canaria. El día 25 de cada mes conoce cuál será su programación. Así se organiza. “Hago muchos vuelos chárter a Escandinavia”, dice. Cada jornada está cargada de horas, pero tiene ocho días libres al mes. Éstos los disfruta rodeado de su familia: Luisa Garrido, su mujer, y sus hijos, Álvaro (12 años), Pablo (10) y Martina (6), que ya han participado en las Olimpiadas de Frailes. “Ahora paso más tiempo con ellos. Nos encanta visitar Frailes y Baeza”, afirma.

El piloto sabe que su presente y su futuro es volar. Aún recuerda su estreno, en San Javier (Murcia). “Fue muy bonito. Es una sensación increíble cuando el avión se levanta y sabes que eres tú quien lo lleva. También me acuerdo de las experiencias iniciales tanto de comandante como de piloto comercial. Y del primer vuelo en la Academia General del Aire”, dice. ¿Algún susto o imprevisto que contar? “Nunca he tenido miedo. Es una profesión muy seria en la que siempre hay buscar la excelencia”, añade.

Bien lo sabe también su padre, Antonio Castro Mudarra, mecánico, desde 1973 hasta el año 2000, del C130-H Hércules, un avión de transporte personal y lanza paracaidistas del Ejército del Aire. Padre e hijo han compartido viajes en más de una ocasión. “A veces él era pasajero y yo, mecánico; otras, Francisco pilotaba y yo iba a bordo como turista”, especifica el progenitor. “Desde pequeño veía los aviones en la base aérea”, rememora Francisco Castro la imagen de la infancia que propició su vocación.