—La vida de antes era mala; la de ahora, regular.

Sentada en un sillón junto a una ventana por la que apenas mira, Josefa Prieto Ortiz, de 95 años, narra su pasado con el tono de quien ha enfrentado adversidades.

—He criado a ocho hijos. Me quedan vivos seis —dice. Josefa, que prefiere hablar de usted porque “así me lo enseñaron”, está en la casa de Isabel Moya, una de sus hembras.

—Ha sufrido mucho para cuidarnos a todos —admite Isabel, que dedica atención diaria a su madre.

Josefa Prieto Ortiz nació en Trujillos (Montillana, Granada). Perdió a su padre cuando ni siquiera tenía un año. La precariedad de la época propició ese carácter luchador que subrayan sus parientes. Prieto, habitante del cortijo el Coto, se vio envuelta en una cultura diferente a la que emana de los libros: los animales y el campo.

—Teníamos pavos y cochinos. También nos dedicábamos a segar, a la recolecta de la aceituna y a las labores de la casa.

Josefa —acomodada en el sofá, la voz tranquila, las intervenciones cortas y elegidas— emplea el plural porque no era, en absoluto, la única hija en un cortijo que aún recuerda, como si lo viera en una fotografía: eran ocho críos convertidos en adultos de forma prematura.

—Llegó a tener diez hermanos, porque su madre se volvió a casar con otro hombre —cuenta Isabel.

Prieto contrajo matrimonio a los veinticuatro años de edad con el agricultor Custodio Moya Castro. La celebración posterior a las nupcias fue sencilla:

—Estuvimos en Frailes y en nuestro cortijo. Sólo vinieron los familiares.

Más de setenta años después, Josefa, ya con veintitrés bisnietos y quince nietos, quiso celebrar otra comida íntima. El paso del tiempo no alteró la esencia de ambos festejos:

—Nada de lujos —sostiene Josefa.

La última reunión, celebrada a mediados de julio en un restaurante frailero, sirvió para que la “abuela” de la familia recibiese el afecto y el reconocimiento de sus parientes:

—Destaco de ella su carácter: siempre ha sido muy alegre. Es más fuerte que nosotros. Cuando le han pasado tragedias era consciente aunque intentásemos ocultárselas —dice María José, una de sus nietas.

—Es muy trabajadora. Ha cuidado mucho de los suyos —agrega Miguel Ángel, otro nieto.

Hay un cuadro en el salón donde Josefa Prieto habla de quien fue y de quien es: en la imagen aparece ella, vestida de blanco, rodeada de sus seis hijos, todos de negro.

—Los míos no han hecho mal a nadie.

Josefa, que pasa sus tardes distraída con la televisión, cumplió 95 años el pasado 19 de junio. El siglo de vida está muy cerca, aunque, por sus palabras, no le dé relevancia.

—Yo ya he pasado a la historia final —concluye Prieto, los ojos cansados, ante la presencia de María José, que le da el pecho a su hijo.