Un vendedor de cupones entró, como es costumbre, al bar Ravell´s, en Cala d´Or (Palma de Mallorca). Juan Flores Heredia, de 26 años, es encargado del establecimiento. El frailero, residente en Islas Baleares desde hace casi una década, compró un número: el 69.143. Era 24 de junio. El día de San Juan.

Veinticuatro horas después, Flores llamó a Juan Peinado, presidente de la Asociación para el Desarrollo Rural de la Sierra Sur, Adsur. Ambos, además del nombre, comparten una relación estrecha —no es descabellado adjetivarla como paternofilial— desde que el hoy hostelero hiciera las maletas rumbo al archipiélago.

—Me ha tocado la lotería —le dijo Flores a su amigo.

Juan Flores, en el bar donde trabaja
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Juan Flores no dejó Frailes porque quiso. Los factores que propiciaron su exilio fueron, principalmente, una historia de amor adolescente resuelta de manera dramática (sobre todo para él) y un contexto familiar complicado. En aquel escenario convulso el joven Juan —17 años, gitano, de risa fácil y espíritu noble— contó con la ayuda de Francisco Martos y Juan Peinado, capitales en su cambio de residencia.

Los primeros días, las primeras fechas lejos de Frailes, fueron lecciones de vida para un joven que, sin entender el porqué, dejaba atrás más que un trozo de tierra; a miles de kilómetros quedaba su Nunca Jamás. La urgencia económica exigía, más que nostalgia, actividad, impulso. “Juanillo, el calé”, como lo conocían en su pueblo, tenía que echarle atributos a la cosa.

Juan, de adolescente, en una imagen

—Llevaba 100 euros cuando me subí al avión. Empecé limpiando ollas en un hotel de Magaluf. Años después fui ayudante de cocina. Y acabé de camarero en el bar Ravell´s, en Cala d´Or. Nunca me ha faltado trabajo. De eso estoy orgulloso. Al principio es difícil. Siempre hay quien quiere explotarte. A mí me ha ido bien, porque me he relacionado con buena gente —explica Flores.

Una década después de marcharse de su casa, Juan entendió aquella oración que tanto había oído en su adolescencia: “Algún día tendrás que hacerte un hombre”. A saber: marido de Jessica Pestana, padre de Yerai, de cinco años, y trabajador consolidado en la hostelería.

Hay quien le reprocha a Flores ciertos gestos infantiles, detalles que se resumen en esa catarata de carcajadas tan personal. Él se defendió así, en diciembre de 2012, en su muro de Facebook:

—La gente dice que soy un niño y un inmaduro. Y es verdad. No tuve el cariño de un padre y una madre para aprender. Pero con 17 años me fui solo de casa. Hay otros que con 30 los tienen que echar con agua caliente.
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La noticia está en los bares fraileros (al menos en el mío) un día después de San Juan: Juan Flores tiene un boleto de la Once con premio. El calendario es caprichoso con el afortunado: la suerte le llega en la festividad de su santo, dos semanas después de superar el cuarto de siglo de vida y a falta de un mes para que nazca Naira, su primera hija.

—Dicen en el pueblo que te ha tocado la lotería, ¿es verdad? —le pregunto por teléfono.

—Sí, un cupón —contesta, al fondo se escuchan voces; está trabajando.

—Enhorabuena, tío. Me alegro. Ya eres un hombre de dinero.

Juan se desternilla.

—Mañana voy al banco —dice y cuelga rápido.

Ayer, Flores, amigo de la infancia, me llamó:

—¿Has publicado el reportaje ya? —me pregunta.

—No, todavía no.

—Te he mandado una foto al móvil.

Juan, con su nuevo traje

—Sí, la he visto. ¿Cómo estás?

—Harto de trabajar —responde entre suspiros.

La “hoguera afortunada” no cambiará la rutina de un tipo con una jornada laboral entretenida. No desviará tampoco su cabeza, más próxima a los suyos —padres y hermanos— de lo que la distancia geográfica sugiere. La lotería premió a Juan Flores Heredia. Cuestión de suerte. Es evidente que el azar no ha sido crucial en su historia; más bien el cupón parece un guiño del destino. Como si la vida le debiese un crédito a un hombre que aún ríe como un niño.