Todo es calma en un parque en silencio. Hay una pequeña casa con la puerta verde. Está cerrada. A los pies de la vieja residencia se escuchan las risas de una veintena de niños que siguen las indicaciones de varios monitores. Uno de ellos —calvo, delgado y con tirantes; recuerda a un cómico español— habla, enérgico, a cada rato con los menores:

—Vamos, los marcianos salen ahora.

Y los “marcianos” obedecen encantados. El monitor —un híbrido entre actor y maestro de Infantil — prepara un espectáculo. Otro tutor coge un micrófono, y un tercero toca el piano. Los niños corren de un lado a otro. No queda claro qué obra representan o, para mayor interés aún, si hay propósito de escenificación. Quizá es lo de menos. Todos se divierten ante la mirada de sus papás, que no pierden de vista quién de los pequeños se mueve mejor, quién está más despistado, quién habla con el compañero en medio del teatro. El control de los padres es distendido; están felices de compartir el entusiasmo de sus hijos.

Hay un monitor que graba la escena con una pequeña cámara digital de mano. Caen los críos al suelo, recuperan la verticalidad y vuela el polvo de sus ropas enanas en una mañana de viento fresco.

La función concluye con aplausos.
La autoría de la escena, recomendable, pertenece a la ludoteca que trabaja en la Huerta de San Vicente (Granada). Allí, en la casa con la puerta verde, veraneó la familia de Federico García Lorca entre 1926 y 1936. Allí, en un escritorio de una habitación mediana con vistas a La Alhambra, el poeta escribió la mayor parte de su obra, su “teatro más tranquilo”.