Me gusta el cine. Lamenté la muerte de Heath Ledger, aquel actor australiano que bordó el papel de Joker en “El caballero oscuro” (también lo recuerdo por su excelente interpretación de vaquero gay en “Brockeback Mountain”). Su adiós tuvo las dos reacciones inevitables que se dan cuando una estrella del espectáculo muere en condiciones extrañas: la prensa rosa fabuló con las causas de su fallecimiento, y Hollywood le dio un premio. Un Oscar póstumo. Yo me alegré por él; lo merecía.

Me gusta la literatura. Lamenté, como tanta gente de la Sierra Sur, la prematura pérdida de Michael Jacobs, hispanista con mirada de reportero. Se fue un gran contador de historias. Poco queda que decir del inglés tras la lluvia de obituarios que le dedicaron periodistas españoles, británicos y americanos: que enarboló la bandera de Frailes como pocos lugareños, que enriqueció la cultura de la comarca, que fue, ciertamente, un tipo estupendo. Me alegré cuando supe que el Gobierno local lo nombró Hijo Adoptivo; Michael lo merecía.

Me gusta la vida. Aun con sus episodios desagradables, no veo relato más apasionante que el de la propia existencia. Hay en los honores que les llegan a las personas cuando son polvo una poderosa sensación de vacío que no esconden los premios: el homenajeado ya no puede festejar su obra. Las oraciones “está entre nosotros” o, mejor aún, “seguro que nos está viendo” sólo tienen sentido para ciertas comunidades espirituales. Los más terrenales, los que miramos abajo en vez de arriba, interiorizamos que sólo hay una vez. Que tras el fundido en negro nada nos incumbe, todo sobra.