Recién llegado a Frailes, después de un largo viaje desde Inglaterra, recibí un mensaje urgente desde Colombia. Michael, ¿te apetece ir a Cartagena de Indias en tres días? Estaba un poco cansado, tenía ganas de quedarme tranquilo en Frailes una larga temporada y también tenía el vago presentimiento de que algo raro iba a pasar si hacía el viaje. Déjame pensarlo un poco, contesté. Luego llegó otro mensaje. Michael, te pagamos el vuelo en clase Ejecutiva y te alojaremos en uno de los hoteles más lujosos de Sudamérica. Yo estaba en ese momento en la casa de Manolo el Sereno, sin saber todavía lo que iba a hacer. Maiquel, me insistió, tienes que irte. Pero, ¿puedo ir contigo?. Manolo, siempre ansioso de conocer nuevos lugares, tenía un interés especial en América, y en particular en esas tierras ecuatorianas donde Humboldt había localizado la fuerza y el origen de la vida. Manolo, tuve que decirle, sería maravilloso si vinieras conmigo, pero me voy solamente cinco días, y te va resultar carísimo y una paliza. Vale, me dijo, con un tono casi de tristeza, pero te acompañaré en otra ocasión.

Y así lo dejamos. Y el día antes de marcharme, un día de nieve, decidimos hacer migas en la lumbre de mi casa. Él desmigó el pan, y con su consideración hacia la otra gente, preparaba aparte los ajos, por si acaso hubiese alguien que no le guste. Las migas salieron mejores que nunca aquel día, y las comimos con un vino exquisito del terreno tomado directamente de la bota. Fue una comida llena de risas y de alegría, que terminó con la salida habitual de Manolo para jugar a las cartas con sus amigos del bar La Raja. Se despidió de mí con las palabras nos vemos el miércoles. Esas palabras serían su despedida final.

Cuatro días más tarde, cuando estaba a punto de dar una charla improvisada en uno de los teatros más bellos de América, me avisaron del grave estado de Manolo. Esta noticia tan inesperada me despistó tanto que no sabía si sería posible hablar a un público tan grande y expectante. Casi no podía articular palabra. Maiquel, insistió la voz imaginada de Manolo, tienes que hacerlo. Y lo hice, pero llamando a Frailes inmediatamente después para enterarme de la salud de mi amigo. Me aseguraron que Manolo se encontraba muchísimo mejor, hasta el punto que hacía chistes y hablaba de las enfermeras que había invitado a su cumpleaños el 24 de agosto.

Aliviado, participé más tarde aquella misma noche en una fiesta desbordada en uno de mis bares preferidos de Cartagena, El Quiebracantos. Manolo hubiera estado allí en la gloria, rodeado de escritores, y de gente joven tan animada y acogedora. Y justo cuando pensaba en él, en medio de tanta alegría, en medio de una cumbia que bailaba con mi ritmo inglés pero como si fuera la última vez, sonó mi móvil con la noticia de su muerte. No lo pude creer. Sigo sin poder creerlo. Manolo nunca hubiera hecho una cosa tan egoísta como morirse. Parecía imposible que no fuera a ver más a una persona que fue para mí un padre, un hermano, uno de mis mejores amigos, mi gran profesor de la vida, mi Sancho Panza y, últimamente, mi Don Quijote.

Pero Maiquel, me dijo una voz interior, ¿no ves que estoy aquí, bailando a tu lado? Te prometí que iba a acompañarte un día a Colombia. Y en medio de la tristeza tan desoladora, me consoló el pensamiento de que Manolo estaba conmigo, y que siempre estará donde hay alegría, amistad, convivencia, tolerancia, y el disfrute al máximo de la vida.

 

Manolo, nos vemos el miércoles.