No le gusta su trabajo. Lo hace, como tanta gente, por una cuestión de supervivencia. José Garrido, de cincuenta y cuatro años, es barrendero. Cumple con su misión —quitar mierda— desde hace más de una década. “Me pagaron  mis dos primeros años en pesetas; luego llegaron los euros”, recuerda. Metido en faena, el hombre que limpia las calles de Frailes desprende la melancolía de quien interpreta un personaje impuesto por las circunstancias. Cuando aparca la escoba, fantasea, inocente, y se convence de que vivir es una inversión provechosa. “Somos corazones alegres”, pluraliza, como si renunciara a ser un solo individuo.

Las gentes lo conocen por el sobrenombre de Bubi, que viene de abubilla, un pájaro insectívoro, con el pico largo y arqueado, que fabrica sus nidos a base de excrementos. Garrido no tuvo fortuna con el apodo, pues en los pueblos se eligen los motes con un denominador común: la falta de sensibilidad. De calva incipiente y barriga generosa, el barrendero, tipo pacífico, no responde a las provocaciones de las lenguas afiladas. Hay niños que le gritan “¡Bubi, Bubi! cuando lo ven con su carro de basura. José Garrido, tranquilo, saluda con la cabeza si está de buen humor, u opta por el silencio indiferente en los atardeceres tediosos. Le gustan sus perros. Uno de ellos, el más fuerte, tiene nombre mitológico: Hércules. Fallecieron ya Espartaco y Espartaquito Piraña, canes que ayudaban a su amo a limpiar Frailes.

La infancia tampoco tuvo mucho tacto con un menor que creció en un hogar humilde, rodeado de olivos. Una jugarreta infantil acabó con el pequeño José escapando de las llamas de una lumbre. Lo empujó al fuego uno de sus hermanos, y, aunque fue una cosa de niños, el hoy barrendero pudo incubar el suficiente odio como para aborrecer al mundo entero. No fue así. José maneja otros códigos.

Garrido vive en Las Roturas, una zona tranquila de su villa natal. Residía hasta hace unos años con un hermano que cayó enfermo. Cuidó de él lo mejor que pudo, pues lo quería de verdad. Ya ingresado en el hospital, poco antes de morir, el hermano convaleciente no lo reconoció. “Soy yo, tu José, el que te toca la guitarra”, le insistió, frustrado, Garrido.

La música es una de las pasiones de la escoba más genuina de Frailes. “Lleva cincuenta años de fiesta”, asegura uno de sus amigos. Montado en su coche “tamagochi”, marca Stella, José recorre la Sierra Sur en busca de ferias. Dentro del auto están las fotos de los santos Custodio y Manuel. “Tú conduces, ellos te guían”, reza la estampa de las conocidas figuras espirituales. Más que la fe, al barrendero lo empuja una euforia nocturna enloquecida que parece no acabar nunca. No cesa su amor por la diversión ni después de que su estómago quedase en jaque, salvado por una milagrosa intervención.

“No me acuesto hasta que canten las golondrinas”, repite cuando espera al amanecer en la fuente del Nacimiento. Luego, a las pocas horas, llega la luz del día, y él se encarga de esconder las cosas feas del pueblo en su carrito a cambio de quinientos treinta euros mensuales.

José Garrido explica la historia de su vida, a ratos hermosamente loca, pero con sobredosis de soledad, con una sentencia de autor: “Los pájaros al mar; los peces, a los restrojos”.

 

Publicado en Diario JAEN con motivo del número 25.000 del rotativo