Yo cuento las ferias de Frailes ubicándome en el tiempo, en años atrás, con una constante: los coches de choque. Si repaso los agostos de mi vida, me descubro en una pista llena de autos de juguete que se escurren por el suelo de acuerdo a la ley del rozamiento. Los coches locos son, en esencia, eso: rozar cuanto uno pueda. Todos los “flash-back” que relaciono con el verano me llevan al momento siempre emocionante en que un estribillo sin letra suena unos segundos anunciando una aventura que dura menos que un cigarrillo. Luego, tras el aborto de canción, los pilotos insertan una suerte de moneda mordisqueada en la ranura que hay en la zona frontal del cochecito, que, vencida la infancia, vendría a ser el capó. El volante gira solo, como si la ficha despertase al auto de una siesta. Funciona entonces la máquina, eufórica, hormonada.

Me recuerdo cagado, muerto de miedo, en mis primeras veces en los cochecitos: aquello era el Dakar, sin arena, pero con petardos. Necesitaba cualquier principiante un padrino que manejara con agilidad, que esquivara las fricciones. Yo elegí a Enrique Tete. O tal vez me escogió él al verme con la raya del cabello peinada al medio. Conducía los trastos tan bien, con tanto arte, que cuando llevábamos tres horas dando vueltas en la pista, y creyendo que vivir era marearse sin sentido, visioné un episodio de la historia del rally español: “¡Tete, trata de pararlo! ¡Trata de pararlo, por Dios”!, le gritaba, mientras las ferias se vestían y se desvestían cada año en las Eras del Mecedero.

Hecha la comunión, descubrí que aquel escenario de asientos metálicos invitaba a las primeras seducciones. Veía yo a los mozuelos camelar a las damiselas precoces antes, durante y después de los breves recorridos. Como tenía trayectoria de copiloto con el Tete, invertí en consecuencia con lo aprendido: me gasté una noche cinco mil pesetas en fichas. Una preciosa rebañaorzas protagonizaba, en aquella época, mis sueños más húmedos. Convencido de que el amor debía de nacer a base de impactos eléctricos, me hice un experto al volante. Nunca rematé mis pretensiones carnales con la muchacha, pero gané reputación en la pista, y, adicto a la adrenalina, me convencí de que no habría marchas ni embrague que me frenasen cuando llegase la hora de sacarme el carné de verdad. El desengaño posterior aún escuece.

El alcohol vino para quedarse; se convirtió en un hábito de consumo tan atractivo como poco saludable, y los coches de choque devinieron en carros de broma donde contrarrestar la embriaguez. La pista era una suerte de estación de servicios; repostaba para, acto seguido, agredir mi hígado. Los paseos de la discoteca al escenario de los autos enloquecidos fueron tan frecuentes que utilizaba las fichas de la atracción infantil para pagar en un sitio y en otro.

Ya con más de dos décadas de residencia en la tierra, uno mira la pista a lo lejos, cubata en mano, como los ancianos contemplan las obras: para ver si el asunto crece a buen ritmo. Y la feria, como mi colega Enrique, sigue dando vueltas.