Rafael Serrano y Josefa Lebrón viven en un recóndito cortijo de Hoya del Salobral (Noalejo, Jaén). Tienen un hijo, José Miguel Serrano. El pequeño, que siempre está jugando cerca y dentro de la vivienda, rodeada de campo y sin más ruidos que el piar de los pájaros, es feliz en su nuevo hogar, pues la familia abandonó hace poco su antigua residencia, próxima al municipio granadino de Montillana. El menor, de ocho años, no para de hacer experimentos con todo lo que encuentra. El matrimonio está al tanto de la inquietud y la energía de su primogénito, todo movimiento. Angustias, la vecina de al lado, protege al joven cada vez que hace alguna trastada. Los fusibles de la casa son víctimas de la curiosidad incipiente del niño. Ya hay electricidad en el cortijo de La Fuente del Cerezo.

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José Miguel Serrano cumplirá cincuenta años el 6 de febrero de 2014. Residente frailero, es electricista en el Consistorio local desde 1997. El pasado 18 junio colgó en su perfil de Facebook unas fotos que captan el estado ruinoso del cortijo donde vivió hasta los doce años. Las instantáneas propiciaron que ocho de sus colegas de la famosa red social le diesen a la opción “Me gusta”. Serrano, que cuando visita la ermita del Santo Custodio siempre mira hacia abajo, los ojos apuntando a su antigua residencia, pasa por diferentes emociones en el camino a su infancia. Alegría, añoranza, miedo. Volver a uno mismo, repasar la historia propia.

La furgoneta blanca del electricista arranca en el número once de la calle Santa Lucía, junto al parque del barrio. El destino es La Fuente del Cerezo. Camino a Hoya del Salobral, Serrano, que conduce su auto, sufre un ataque nostálgico:

—Vamos a verlo todo: la casa donde mi familia vivía, el antiguo colegio, la fuente… Y te voy a contar cómo me caí a la lumbre, cómo me rescataron. No sabes lo que pasó mi madre cuando me vio arder. Y la falta de medios que teníamos. Ahora la gente le dice a mi madre: “¡Qué suerte tienes! ¡Tus hijos están colocados, con trabajo!”. Pero, ¿y lo que hemos pasado? Solo lo sabe ella. Joder, macho.

José Miguel Serrano, que habla rápido, emocionado, da un par de suspiros. Llora.

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Rafael Serrano es agricultor. Su esposa, Josefa Lebrón, se ocupa de las tareas domésticas. La pareja ya tiene dos hijos: los pequeños José Miguel y Rafael. El primero, de doce años, es ocho mayor que el segundo. Juegan y se pelean a cada rato, como todos los hermanos. Los dos ven cómo su madre saca a pasear a un mulo que los padres guardan en un establo que linda con la vivienda. Detrás de la casa hay un corral con gallinas y algunas cabras. El hogar se autoabastece en la medida de sus posibilidades.

El cabeza de familia, que está en una maleza ubicada, en lo alto de un cerro, a unos cinco kilómetros de su residencia, dedicado a sus compromisos agrícolas, empieza a sentirse mal, nota un dolor muy extraño. De pronto se cae al suelo, fundido. Llega el anochecer y el varón no regresa a casa.

Residentes de la zona salen a buscarlo con linternas. Afortunadamente, advierten la figura del trabajador, tendido en el suelo. Dos hombres lo trasladan como pueden hasta una suerte de atendencia sanitaria en Hoya del Salobral. El primer diagnóstico no es nada alentador. El enfermo es trasladado a Frailes y, luego, a Granada. Sufre una embolia, tiene medio cuerpo paralizado.

Josefa Lebrón toma una decisión tan complicada como inevitable tras el incidente de su esposo: vende su cortijo a su vecina Angustias y se marcha con sus hijos y su marido, aún convaleciente, a Frailes.

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Próximo a La Fuente del Cerezo, Serrano señala la ubicación de su primer colegio. Ahora es una casa particular. El electricista nunca fue un estudiante brillante: le gustaban las herramientas y las máquinas, pero los libros no le seducían. Además, era un niño revoltoso. En una ocasión se peleó con un compañero que se escondió detrás de una maestra. Intentó agredir al niño, pero, sin querer, le dio a la profesora, de nombre Aurora. Lo expulsaron dos meses. Pudo volver a las aulas gracias al apoyo de sus padres y de algunos vecinos. El joven agradeció el reingreso: le encantaba jugar en el recreo junto con sus amigos Juan y Cristóbal.

El lugar donde estaba el primer colegio de José Miguel Serrano, ahora una vivienda

También recibió lecciones en Las Escuelas Viejas de Frailes bajo la tutela del maestro Antonio Lucas Mohedano, que se convirtió, más tarde, en alcalde del pequeño municipio de la Sierra Sur. El hoy electricista fue uno de tantos niños cortijeros que iban a Frailes a pie para asistir a clase. Pese a su escasa trayectoria académica, pues abandonó los estudios antes de los dieciséis años, Serrano pisó varios centros: estudió un año en un colegio de monjas de Armilla. Cada mañana debía despertarse sobre las ocho para rezar. La fe que cultivaba la institución no avivó su destreza estudiantil: dejó de creer en los libros.

La furgoneta descansa en un terreno seco cercano al cortijo de La Fuente del Cerezo. Hay que andar para acercarse a la exresidencia del electricista, que pertenece en la actualidad a una prima suya.

Serrano, en la puerta de la que fue su casa

Serrano despeja una alambrada metálica que impide el acceso al lugar. Ya dentro, vuelve a ver, como el pasado 18 de junio, el establo, la que fue su casa, la vivienda de la fallecida Angustias. El silencio reina en el paraje. Y el hombre que desanda su historia recuerda un capítulo divertido: la vez que se comió el relleno de una olla de garbanzos que su vecina había preparado para toda la familia. Le llovieron palos, pese a que Angustias, siempre protectora con el muchacho, relativizó el asunto. También recuerda otro episodio:

Serrano mira en el interior del establo que había junto a su exresidencia

—Tenía veintidós meses. Estaba en una mecedora de madera. Mi madre sacó al mulo para que bebiese agua. Me dejó en la casa. Como hacía frío, me puso junto a una lumbre. Yo me moví, no sé cómo, y caí en ella. Salí corriendo a la calle y mi madre me vio, desde lejos, envuelto en llamas. Ella llamó a gritos a Angustias, que rápido vino a auxiliarme. Paró el fuego liándome en una manta. Las quemaduras eran muy graves. Me llevaron a Frailes para curarme. Allí estaban Don Fermín, el médico que me atendió, y un practicante, padre de Paco, cuñado del hijo de La Pastora. Él también sanó mis heridas. El tratamiento valía veinte mil pesetas. El practicante solo le cobró diez mil a mi madre. Días antes les había tocado la lotería a él y a otros de sus amigos. “Tú también vas a ser una afortunada”, le dijo a mi madre.

Estado actual de la casa donde vivía Agustina

El corral luce pedregoso; la fuente, que está a unos cincuenta metros del cortijo, espléndida. Josefa Lebrón lavaba la ropa en el agua. Serrano dice que siempre ha arrojado, una alegría para los residentes en parajes próximos: era vital para dar de beber a las bestias y para cocinar. El menú de entonces era tan precario como la época: migas, patatas fritas y potaje.

José Miguel Serrano, en una fuente ubicada en el cortijo donde creció

El electricista, en su antiguo corral

De regreso a la furgoneta solo se oye a los pájaros, que parecen cantarle al barranco de la zona.

El electricista frailero, cerca de su antigua casa

—¿Cuál fue tu primer trabajo?

—Entré con dieciséis años a Maderas Gallego. Por aquella época conciliaba las tareas del campo con empleos temporales. Ir a la uva, por ejemplo.

—Pero siempre pensabas en ganarte la vida como electricista.

—Fue mi afición desde niño. Manolo “El Sereno”, que en paz descanse, me recomendó a Antonio Contreras, un empresario alcalaíno. Necesitaba a alguien y me eligió a mí. La verdad es que aprendí mucho. Me solté bastante. Aunque no fue fácil: me levanta cada día a las siete de la mañana para ir a trabajar. Iba con el panadero José Diego y regresaba a Frailes en el autobús de las ocho de la tarde. Ganaba treinta y cinco mil pesetas. Mi primer coche fue un Seat127. Ahora, cualquier joven recibe, antes de trabajar, como regalo de sus padres un Audi, un Mercedes o un BMW. A mí me dice la gente: “Qué bien estás en el Ayuntamiento”. Pero yo sé lo que he pasado para conseguir el trabajo que tengo.

—¿La minusvalía te “ayudó” para lograr el puesto en la administración local?

—Sí, la Junta de Andalucía me reconoció más de un treinta por ciento de minusvalía. Además, el Gobierno local se ahorraba dinero. Los dos salimos ganando. Se presentaron unas cinco personas.

—¿Te gusta Frailes?

—Cuando trabajé con Contreras tuve la oportunidad de conocer más pueblos. Estuve en Córdoba, en la Sierra de Cazorla y en La Carolina, entre otros municipios. Yo en estos sitios noté que si pedía algo la gente me lo daba. En Frailes somos más oscuros, menos abiertos.

—Igual la hospitalidad que recibías fuera era, precisamente, por ser de fuera.

—A lo mejor. Pero ya te digo: en nuestro pueblo hay mucha envidia.

—¿Te has planteado alguna irte a vivir a otro lugar?

—No. Se vive muy bien. Me gusta la tranquilidad.

El viaje concluye con la visita a la cueva en la que oraba el Santo Custodio, símbolo de fe para miles de personas, muchas de pasado humilde.

—Hazme aquí una foto —pide el hombre que jugaba con la electricidad en La Fuente del Cerezo.

Serrano, en la cueva donde oraba el Santo Custodio