Un jugador de un pueblo perdido que no sabía que Paco e Isidro Lorente eran hermanos le hizo una entrada muy fea al primero. Corrió el segundo, el menor, a la escena para enseñarle qué había comido antes del partido al atrevido forastero. La cosa no fue a más, y el visitante sacó una lección de aquel encuentro: enfadar a los hermanos “Melones” en unas veinticuatro horas de fútbol sala no es la mejor manera de meterse en el bolsillo a la hinchada frailera. Al salir del pueblo llenó el depósito en la gasolinera de la familia Lorente en señal de paz.

Cuando los ojos de la villa miraban al polideportivo agujereado, el aficionado local se fijaba bien en Miguel Mangote o en el propio Paco. Había quienes también disfrutábamos con el descaro de Isidro, pura dinamita, o gasolina, para ser más precisos. “¡Tienes los huevos así de grandes!”, le gritó en una final Manolo Calabaza levantando los puños, su estampa junto a la antigua alambrada que separaba la pista de la grada. “Es el que más cojones le pone en los momentos importantes”, me comentaba Trope, un Maldini con pelo. “A Getafe vino unos días cuando vivía en Madrid. Mis amigos flipaban con su velocidad”, me dijo Antonio Juan García sin cubatas de por medio. Siempre pienso que si todavía hay gente que me llama con el nombre de mi hermano es porque nunca tuve las agallas de Isidro: a él nadie le dice Paco.

Yo pasé muy rápido de ser entrenado por el Lorente menor a emborracharme con él y, en esa fugacidad, advertí que los triunfadores deportistas de pueblo hacen carrera con demasiada prisa, como si a los veintitantos ya lo suyo fuera café, copa y puro. Hace un par de veranos coincidimos en el mismo equipo. Constaté que su barriga, un poco más grande que la mía, y sus movimientos faltos de agilidad anunciaban que jugaba en calidad de veterano. “Está para casarse”, pensé.

La noticia de su boda me parece el cierre perfecto a una trayectoria que había perdido de vista el balón hace años. No me agradan los banquetes, pero al enlace de Isi e Isa iré por cuestiones obvias: uno nunca debe darle la espalda a los héroes de la infancia.