—¿Estás nerviosa?

—Qué va. Ahora mismo estoy muy tranquila.

El gin-tonic de Pilar Chica está casi entero. Bebe con tranquilidad rodeada de unos amigos en un bar de Frailes. Aún no son las once de la noche. Faltan unas veinticuatro horas para su debut como cantante. La esperan un escenario, un público, un micrófono, unos familiares ansiosos por descubrir sus progresos vocales. También la espera, entre el gentío, su madre, que se desplazará desde Valdepeñas para escuchar a su hija. Pilar asegura que está tranquila.

—Mañana será otra cosa —afirma.

***

—Yo creo que no estamos preparados; nos falta un poco.

Pilar Chica tuerce el gesto, como si no compartiese la cautela de su guitarrista, Custodio López. Ella, de veinticinco años, tiene hambre de directo. Él, más mayor, atempera el ímpetu juvenil. Ensayan días antes de su primera función como dúo.

—No, la protagonista es ella. Yo solo soy su acompañante.

La casa de López, escenario de los encuentros entre la intérprete y el músico, está aislada, apenas hay ruido que los distraiga. Tocan en el piso de arriba, que es grande: instrumentos, máquinas de gimnasia, una cama, discos de música, libros. Ajetreo. La habitación, con terraza incluida, desprende energía.

—Me encanta subirme aquí. Se me van las horas con mi guitarra.

Pilar Chica, las botas azules y altas, los pantalones vaqueros rajados, el pañuelo rosa en el cuello, empieza a cantar luego de que Custodio López, el jersey azul, los pantalones marrones y los zapatos negros, estrene los primeros acordes de la tarde.

“Una noche de amor desesperada” suena, hermosa, cuando aún es de día. Ya llevan dos meses de ensayos.

—La primera vez que vino le pregunté si tenía formación musical. “Cero”, me contestó. Cuando la escuché comprobé la magnitud de su oído, que es ejemplar. Pilar es un talento natural que crecerá con perseverancia y compromiso —comenta López.

—Me hablaba de tonos y de notas. Yo le dije que cantaba y ya está —expresa Chica, desenfadada.

Y es cierto. La mujer que cuenta las horas para hacer su primer bolo siempre tuvo una melodía en la cabeza. Y en la garganta.

***

Un maestro de música recibía a su alumna Pilar Chica Cano, una pequeña valdepeñera rubia con el rostro inocente de quien ignora qué les ocurre a los platos cuando caen al suelo, con un interrogante revelador:

—¿Qué me vas a cantar hoy, Pili?

La niña, que entonces andaría por los apacibles doce años, entendía la sugerencia de su profesor como lo que era: una invitación a que hiciese lo que de verdad le gustaba, pues la menor no encontraba nada atractivo en los libros, que desaparecieron de su vida antes de los dieciséis años.

Aquella joven de rizos dorados creció hasta presentarse en la adolescencia y en la relativa madurez de los veinte años con la vocación intacta: el cante ocupó sus horas más distendidas. Ya no era un maestro bonachón quien solicitaba que Pilar animase el patio; de pronto una muchachada ebria le pedía “cántate algo” justo cuando se apagaban los altavoces de cualquier discoteca. Ella no se arrugaba: “Ali ali oh, ali ali oh, ali ali ali se la llevó”.

***

—Mucha gente me ha dicho eso: “¡No veas cómo canta la niña con unos cubatas encima!”. Y esa imagen hay que cambiarla —dice Custodio López, su tono didáctico.

La intérprete afincada en Frailes, que ya ha cantado “Como el agua” — exhibe fuerza cuando dice “fuego en la sangre nos corre a los dos” — y “Válgame Dios” —que cuenta la historia de dos amantes que se esconden—, asegura que ha encontrado en su guitarrista a un maestro serio.

—He mejorado en cuestiones técnicas. También me ha enseñado a llevar mejor el compás. Además somos amigos —añade.

Entonces López, que se apoya en un posapiés para tocar con mimo su instrumento, muestra su voz, cálida y agradable. “Por si el tiempo me arrastra a playas desiertas”, empieza a cantar “Pájaros de barro”. El repertorio, que da protagonismo al flamenco, incluye canciones melódicas, rumbas y tangos, entre otros palos. El garganteo andaluz de Pilar Chica, exento de esos gorgoritos innecesarios que tanto gustan a los intérpretes nóveles, se desgarra con “La novia del campesino”, “Noches de bohemia” y “El lago”, el tema que más evidencia el torrente de voz de la valdepeñera.

—¿Tienes alguna canción propia, Custodio?

—Escribí una de amor cuando era muy joven. Me salió bien cursi. Normal: estaba enamorado y era un crío. Ahora quiero componer algo de flamenco. No es fácil; las estructuras son complejas. Pero lo intentaré. Voy a clases de guitarra. La profesora me dice que tengo “muchos dedos”, pero que debo mejorar el compás.

***

Custodio López es también “El Pollo de Santa Ana”. Así lo conoce su entorno, que es amplio, y así le gusta nombrarse. Cuenta que vive del deporte. Lo adora, pero no tanto como a la música. Habla de unos tiempos, ya pasados, en los que conciliaba la vida hotelera y la guitarra, su guitarra. Dice, con el orgullo del que disfruta con lo que hace, que más beneficios le proporcionaba tocar “desde las doce de la medianoche hasta las siete de la mañana” que las mensualidades que cobraba. Llegó la paternidad e, inevitablemente, frenó su ritmo alegre.

—Me hubiese gustado vivir de la música.

—Ya sí me lo imagino. ¡Qué vergüenza! —exclama Chica, que encara un verano con más de una cita en vivo.

—Hay que atreverse. Lo hacemos para pasar un buen rato —tercia “El Pollo”.

El ensayo está por terminar y la noche no llega, como si la hubiesen secuestrado Pilar Chica y Custodio López, dos bohemios ilusionados, con ganas de fiesta.