— ¿En el día ese del vino qué se hace?

—Comer y beber.

Dos muchachos sevillanos me preguntan sobre la esencia de la fiesta que más turistas atrae a Frailes. Yo entiendo que los rebaña orzas no tengan un calendario de las citas del pueblo pegado en su habitación. Sería demasiado sospecho que así fuera. Pero si al acto en cuestión lo conocen las gentes de bien como El Día del Vino, ¿de qué creen que va la película? ¿Un cura repartiendo por las calles hostias mojadas en rioja? ¿Bodegas Campoameno convertida en un macrobotellón? Ay, la juventud.

Los dos mozuelos, majísimos con ese acento suyo de haberse criado a orillas del Guadalquivir, me cayeron de puta madre, pese a sus lagunas logísticas. Bebieron botellines de cerveza en ritmos muy cortos. Cinco minutos entre ronda y ronda, tiempo suficiente para que yo leyese un párrafo en cada interludio. A cada tapa que les sacaba respondían con los ojos del marinero que llega a tierra. Los platos regresaban impolutos a la cocina. A mi amigo Camilo le han salido dos competidores muy serios. El caso es que tranquilicé a los zagales: vosotros encajaréis sin problema en la fiesta del sábado, pensé. “Lo pasaréis bien”, dije.

El Día del Vino, o la Jornada Vinícola y Gastronómica,  —el nombre a gusto del gobernante — dura poco tiempo. Ahí radica su encanto. Olvidé darles un consejo a mis clientes hispalenses: hay que aprovechar el tumulto, sacar partido del gentío. El alcalde de Frailes me comentó que vendrán unas dos mil personas no residentes. Eso implica que el número de habitantes de la villa, como poco, se duplica. La ilusión dura menos que beberse un chupito. Pero es el momento de que cada cual se muestre tal y como es. Arropado por la masa, el personal debe desinhibirse, aparcar las formas, sacudirse la hipocresía de encima a base de puchero y vino rosado.

Se trata, como me dijo una amiga, de dar paso a la loca que todos llevamos dentro, connotaciones sexuales aparte. No cabe otra lectura. Hay que capitalizar la embriaguez para vivir, por unas horas, en sintonía con los sentimientos. Las mujeres que se casaron por convencionalismos harían bien en ir a la fiesta sin sus maridos. Los hombres que no quieren a sus esposas, lo mismo. Los amigos que no son amigos podrían sentarse a veinte metros de distancia. Los de verdad, que brinden ochenta veces. Los que critican a la espalda, que lo hagan a la cara. Y que alguien ponga un cartel, en la entrada del recinto ferial, para la ocasión: “Hoy, prohibido llevar máscara”.

La táctica es muy cruda: ser valientes mientras la copa esté llena. Si está vacía parece imposible. Yo, que no podré ir, soy un pusilánime. Qué lástima de vino.