Hay una mesa redonda. Sobre ella, dos estuches pequeños llenos de pinceles y bolígrafos. Hay una silla de poca altura con el respaldar muy ancho protegido por un cojín amarillo. Hay un mueble marrón en una esquina plagado de objetos: una estantería de cajones, una lámpara, botellas de plástico. Hay una ventana con la persiana gris. Hay una maceta detrás del cristal. El estudio de Carmen Esteo es un mundo apretado, intenso. Aquí vive, aquí crea.

Estudio de Carmen Esteo

La calle Cruces de Santa Ana parece tranquila. La casa de la artista más longeva de la pedanía alcalaína descansa como en un retiro, ajena a la vida de fuera. El primer acceso a la vivienda de Carmen Esteo Pérez es un portón que está abierto. Ella controla el movimiento exterior desde su ventana.

—Mi hogar siempre está disponible. Y más si se trata de un frailero.

Carmen, que vive sola, es hospitalaria. Asegura que no suele recibir visitas, que va a su aire, que cuando sus amigas le preguntan qué hace tanto tiempo metida en casa, ella responde que está muy liada con sus cosas. Carmen tiene ochenta y siete años, y una inquietud, una obsesión, un amor: su arte.

—No me preguntes nada de política. Solo me interesa hablar de lo mío, de mi arte.

Carmen no se sienta, está de pie, empieza a sacar sus láminas. Son muchas. Unas treinta, dice ella.

—Ves, lo primero es trazar la parte de las luces. Luego, las sombras —explica, la voz deprisa, segura.

Sus últimas pinturas, aún sin marco, se amontonan en un sillón. Hay cuadros de su autoría en las paredes de su vivienda. Un San Pedro de melena y barba grises mira al cielo mientras sujeta dos llaves y una biblia.

—Fíjate, qué primor, ¿verdad?

Carmen Esteo cuenta historias en sus obras: mujeres que limpian ropas en un lavadero, agricultores que trabajan en el campo con la ayuda de la yunta, una máquina de coser que reluce, figuras espirituales que velan por personas que sufren, un doctor que visita a un enfermo, ancianos que bailan. Todo es explícito, directo. Sencillo.

Mujeres, en una matanza

—Cojo una lámina de cartón, dibujo lo que quiero, lo calco con otra transparente y empiezo a pintar en ella.

Láminas del mismo cuadro

Su procedimiento es innegociable. No solo lo aplica en la pintura; también lo utiliza cuando hace cerámica. Es una narradora que, como tantas otras, mira atrás, a la memoria, para construir sus obras, que quedan perfiladas en cartones. Para completarlas usa una herramienta común en el mundo de los autores: la imaginación.

—Hay cosas que copio. Otras me las invento.

Uno de sus cuadros recrea el momento en que un hombre semidesnudo invita a una mujer a irse con él a la cama. La artista descubrió esta sugerente escena en un museo. Como suele llevar un bolígrafo y una libreta en su bolso, esbozó el cuadro en pocos minutos. Un vigilante le llamó la atención. Guardó su pequeño cuaderno. Llegó a casa y pintó, sin pudor, su versión, no menos sensual.

—¿La imagen de los amantes no la sacarás en el reportaje?

—¿Por qué?

—Porque es pecado.

Cuadro de los amantes de Carmen Esteo

***

Carmen Esteo Pérez nació en Frailes en 1926. Hija de Luis Esteo Mudarra y Conrada Pérez Romero, abandonó su pueblo natal a los catorce años para residir en Alcalá la Real. Ingresó en el colegio Cristo Rey.

—Yo quería pintar desde muy pequeña. Cada papel que cogía lo utilizaba para dibujar, para colorear. Esperaba que las monjas me enseñaran a pintar. Pero no pudo ser: aprendí cultura básica, pero no a pintar.

A los diecinueve años abandonó el que había sido su centro. Marchó pronto a Sevilla, ciudad en la que vivió tres décadas. Se ganó la vida como costurera. Se casó, tuvo dos hijos. Fue feliz. Confiesa que extraña la capital hispalense, que aún tiene contacto con algunos de sus antiguos vecinos.

Regresó a Santa Ana en 1982. Su pasión despierta once años más tarde.

—En ese momento era presidenta de la Asociación de Pensionistas. Empecé a visitar la Biblioteca Municipal de Alcalá la Real. Me fijaba en las láminas de los libros de arte —explica, mira atrás.

No ha parado de crear desde entonces. La pintora ha donado unos treinta cuadros a su municipio de nacimiento, Frailes. La colección está abierta al público, desde el pasado 9 de marzo, en la Casa de la Cultura. Carmen confiesa que, durante la inauguración, no pudo repasar sus creaciones. Solo lloraba, abrumada por los abrazos y las felicitaciones de la gente. Le emocionó un detalle: predominó el espectador de mayor edad en su exposición.

***

Una imagen de una máquina de coser

—¿Por qué le has dado tus cuadros al Ayuntamiento de Frailes?

—Quiero que sea para mi pueblo. Pon también que adoro a mis santaneros y a la gente de Alcalá.

Carmen, que ya está sentada, tiene un pañuelo gris que le cubre el cuello, que casa con los tonos de su pelo y su abrigo ancho.

—La religión está muy presente en tu obra.

—Sí, creo mucho en Dios y en el Santo Custodio. Llegué a conocerlo. Era una persona muy buena.

La veterana artista coge unos cartones. Son antiguas papeletas para liar cigarrillos. Están arrugadas, pertenecen a los tiempos de vida del conocido curandero. Afirma que aún conserva una costumbre, símbolo de su fe: ingerir pequeños trozos de esos papeles.

Esteo dedica muchas horas a crear: desde las diez de la noche hasta las dos de la madrugada. Necesita invertir el tiempo en su convicción. El arte, su forma de hacerlo y entenderlo, es “lo más importante”. Su amor.

—Enviudé hace quince años. Mi marido solo trabajaba y dormía, no pensaba en nada. Y así murió. A mí no me pasará eso. Pintaré hasta que me vaya —dice mientras coge dos muñecas diminutas, fabricadas por ella.

Las muñecas de la veterana artista

Carmen tiene achaques propios de su edad, talento innato, ganas de vivir. En el pasillo de su casa hay maceteros adornados con coloridos diseños de la autora, que quiere dejar un vasto legado a sus tres nietos y a sus dos bisnietos. Los más pequeños ya pueden presumir en el colegio: su abuela es especial, narra historias cotidianas que comienzan en un trozo de cartón.

Un macetero adornado con un diseño de Esteo Pérez