Juan José Esteo empezó como panadero a los diez años. Bajo las directrices de un señor alcalaíno apodado “Madriles”, el pequeño frailero contactó con ingredientes que, con el tiempo, se convirtieron en una extensión de sus manos: levadura, sal, harina y masa protagonizaban sus maratonianas jornadas en una panadería de Santa Ana, la primera en la que trabajó. Juan José Esteo atravesó la infancia, la adolescencia y la madurez con el olor del pan recién hecho. Sus noches sonaban a horno caliente. Su oficio, confusamente asociado a la tranquilidad, hierve en silencio. El ritmo laboral es rápido, demanda precisión a la hora de producir. El tiempo es oro. La luz del alba es la campana que anuncia el fin de la jornada.

Juan José Esteo, en su panadería

Ángel Custodio Esteo abandonó los estudios a los trece años. Coincidí con él tres cursos. En clase hizo lo que pudo: era un alumno inteligente con las manos; con la cabeza no tanto. Era un díscolo bueno, que, a veces, empujado por su ímpetu canalla, perdía los papeles. No había rastro de mala fe en sus pillerías. Todavía me río cuando recuerdo su artimaña más célebre. Debía narrar en clase la temática de un libro que supuestamente había leído. Tiró de astucia: hojeó la ilustración de la contraportada, la describió vagamente y relató su propia versión. Como músico de jazz no se ganaría la vida, porque la improvisación no es lo suyo. Pero aquello tuvo mucha gracia.

Esteo dejó la escuela en el primer ciclo de Secundaria y entró de cabeza a la panadería de Juan José, su padre. La empresa familiar moldeó la relación entre ambos hasta tal punto que es complejo delimitar dónde empiezan el padre y el hijo y dónde acaban el jefe y el empleado.

Ángel Esteo, su panadería

—Cuando yo empecé también trabajaba mi hermano Juanjo. Se fue al poco tiempo. Lo relevé. Mi padre y él no congeniaban. La verdad es que yo tampoco me entendía con Juanjo —explica Ángel sentado en torno a una mesa, en la casa de su progenitor, que está a su izquierda, cómodo en un sillón. Juan José luce un sombrero grande, como si quisiera cubrir algo más que su cabello.

—El trabajo es el trabajo. Mi actitud es la misma, me es indiferente que mi compañero de profesión sea mi hijo —señala convencido el padre.

—Él nunca hablaba cuando hacía pan. No decía nada. Ni una broma —añade el hijo.

Ángel tiene veintiséis años; su progenitor, cincuenta y siete. Han pasado juntos más de una década en Panadería Pastelería Juanjo. Coinciden en que el clima laboral fue distendido mientras duró. El vástago aceptaba la disciplina férrea del hombre que primero le dio la vida y, más tarde, un empleo digno. El choque generacional a la hora de abordar la manera de trabajar quedó en segundo plano.

—¿Os molesta cuando vienen chavales de madrugada a comer dulces para rebajar su borrachera?

— No, en absoluto. Yo siempre les decía que cogiesen lo que quisieran. Incluso, en ocasiones, les dejaba preparada una botella de güisqui para que se echasen cubatas —comenta Juan José.

—A mí me gusta cuando vienen. Desde que soy panadero no tengo fines de semana para salir de fiesta. Agradezco las visitas. Y más ahora que estoy solo.

El menor de los Esteo asumió la dirección de la empresa el pasado verano. Su padre precisó descanso por motivos de salud. No va a volver. No puede. Afirma que su hijo está más que preparado para llevar las riendas en solitario.

—¿Les has perdido el miedo a la noche? —le pregunto a Ángel.

—No es una cuestión de susto. El problema es que no tienes a dónde acudir si pasa algo: si te pillas la mano con una máquina, si se va la luz…

—Más de una vez hemos tenido que llamar a los hermanos Fangas y al fontanero a las tres de la mañana para que arreglen alguna avería —recuerda Juan José.

—Y se han cagado en nuestras madres —ríe el hijo.

La crisis, sin embargo, no tiene gracia. El negocio vive un momento delicado. Las cifras decaen, cualquier comparativa con años anteriores conduce al derrotismo.

—Se ha notado muchísimo. Especialmente en los dulces y en los pasteles. Antes elaborábamos unas ciento cuarenta tartas para San Valentín. Este año solo hemos hecho tres.

—Y con los roscones de Reyes pasa igual. En los buenos tiempos preparábamos más de doscientos. Ahora, unos cien.

Ángel y Juan José, en la puerta de su negocio

Juan José, que aún sabe si a una masa le falta sal solo con verla, quiere, como cualquier padre, lo mejor para los suyos. Le gustaría que Ángel continuase con el oficio, pero si su futuro está en otra parte, bienvenido sea, no hay drama.

—Quiero que esté bien —afirma.

Ángel Esteo, que se refugia de la presión en una cochera de autos antiguos, reparte en su furgoneta las barras de pan que ha elaborado durante la madrugada sin más compañía que la música de una radio. Le ha tocado asumir el mando de la empresa familiar precipitadamente, como consecuencia de lo imprevisible.

—Haremos lo que podamos —dice en un plural que no es tal.

Dos panaderos de escuela viven situaciones difíciles. El hijo está en jaque debido a la crisis. El padre está fuera de juego por limitaciones físicas.

—Hay noches que no concilio el sueño. Me desvelo, porque no estoy acostumbrado a este horario. A veces voy a la panadería. Me acerco a la puerta. Escucho el ruido de las máquinas. Así sé que todo va bien. Y no entro. Me vuelvo a casa —concluye Juan José.