Ella es enjuta, de apenas 1,60 de altura. Su cabeza está llena de rizos negros que parecen pelearse unos con otros. La mujer es agradable, se mueve rápido y opera con la agilidad de acumular años en el oficio. Trabaja en una funeraria.

—¿Quién es la familiar de los fallecidos con la que he hablado antes por teléfono? —pregunta cuando llega al lugar de la tragedia.

Pone rostro a la voz que la atendió, la saluda con respeto y con cierta energía; extraña mezcla, pienso cuando la veo. Ya en la casa que ha solicitado sus servicios, la pequeña fémina, que sobrepasa la treintena, interroga a quienes han sufrido las pérdidas. El duelo deberá esperar. Les pregunta datos de los muertos: nombre, edad, fecha de nacimiento y documento de identidad, entre otras precisiones, las mismas de siempre. Hace su trabajo sentada en una silla, su portátil descansa sobre la mesa. Escribe con rapidez rodeada de mujeres y algunos hombres que la miran en medio de un silencio de luto roto por su tecleo prolijo. Parece protagonista. Tal vez lo sea. Quizá su trabajo consiste en eso: asumir un papel imprescindible en un momento delicado. Las esquelas de los fallecidos ya están listas, salen impresas. La mujer las reparte antes de examinarlas por última vez.

—Que paséis una buena noche en la medida de lo posible —les dice a los afectados, que la despiden con gratitud sincera. Volverán a verla el día después. Entonces tendrá que conducir un coche fúnebre con destino al cementerio.

Aparecen también ellos, dos hombres morenos. Sus ropas desaliñadas destacan entre los tonos oscuros de los asistentes al entierro. No tienen más de cuarenta años. Lucen aspecto de obreros consumados. Es probable que lo sean. Me llama la atención el automatismo de sus movimientos: caminan con un cubo de cemento entre el camposanto como si llevasen una regadora. Las flores que ellos manipulan son rosas, coronas que reposarán sobre la tumba más reciente del panteón cuando hayan cumplido con su tarea.

El ataúd, que no está a ras del suelo, ya duerme en el interior del agujero que lo esperaba. Los dos hombres copan el protagonismo de la escena: todos los ojos melancólicos reunidos los miran como si fuesen escultores. Uno de ellos tiene la mano llena de yeso, acaba de colocar el letrero que conecta a la caja del muerto con la superficie. No hay más ruido en ese momento que el deslizar de su paleta. La ayuda de su compañero resulta imprescindible. A petición de una señora que no sé quién es, colocan una última corona por encima de la tumba. Hace falta una escalera. Uno la sujeta, el otro sube y remata la faena. La extraña mujer de antes entona un Padrenuestro que es secundado por el resto de los presentes. Otra vez el silencio. La gente se marcha. Los obreros recogen sus herramientas y desaparecen del lugar, invisibles, como fantasmas altivos.