Conoce cada rincón de la nave en la que trabaja. Anda por sus más de quinientos metros cuadrados con el ritmo de un marqués y el martilleo de un obrero. José Rosales Lacán “Chirro” apura sus últimos días en la bodega vinícola del Grupo Sierra Sur ubicada en Frailes. Hasta que llegue la despedida nadie puede quitarle el “trono” que recibió en 2007: es el guardián de Campoameno.

— Aquí trabajas tranquilo, ¿verdad?

—Más que tranquilidad, hablaría de soledad.

Rodeado de palés, cajas, botellas, depósitos y maquinaria, Rosales solo tiene contacto humano cuando recibe la visita de clientes que aparcan sus coches, los motores encendidos, junto a la bodega, deseosos de probar el tesoro que mima “Chirro”. Una enóloga le brinda también la oportunidad de entablar diálogo, escenario idóneo para un tipo de arte y gracia con el lenguaje. “Ella viene tres veces en semana para darme las directrices de lo que tengo que hacer”, explica.

Antes de aterrizar en Frailes, Rosales, de cincuenta y tres años, ya tenía una relación histórica: su idilio con el vino. Los alcalaínos disfrutaron de su destreza hostelera en el número 15 de la calle Capitán Cortés. “Chirro” regentó La Taberna del Santo durante una década, desde 1985 hasta 1995. “Luego me fui al archipiélago balear. Seguí en bares y restaurantes”, agrega.

La nave tiene más de quinientos metros cuadrados

Jaén Blanco, Jaén Negro, Tempranillo, Syrah, Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay y Airén son los principales vinos de la tierra que exhibe Bodegas Campoameno. Rosales los enuncia como quien reza el Padre Nuestro. “Unas 500.000 botellas”.

— ¿Cuál te gusta más?

— A mí, la cerveza del Charro.

“Chirro” dispara su sorna en cualquier momento, así camina y no parece irle mal. Al menos en los bares de Frailes: habla con los vecinos, comparte tragos y, sobre todo, ríe, reparte buen rollo. “Me junto con los más borrachos. Me gusta escuchar las historias de la gente. Es la mejor forma de conocer un pueblo”, dice.

— Vamos, tío, que vas a ver la bodega.

Le sigo por una mareante escalera de caracol que desemboca en un espacio, de unos cien metros cuadrados, en el que descansan, como dormidos, más de ochenta barriles. El tipo de vino y la fecha en que se llenaron rezan en cada barrica. Alto de Campoameno, Marqués de Campoameno y Sirah de tres meses aguardan dentro, listos para acabar embotellados. “El alcohol no caduca; la madera sí. Hay que cambiar los barriles cuando llevan tres o cuatro cosechas”, explica.

"Chirro", en la bodega

— ¿Y estas botellas de aquí? —le pregunto mientras señalo a los lados, justo al entrar a la bodega.

— Son de vino espumoso.

Casi seis mil botellas de lo que parece champaña están amontonadas. “No tienen denominación de origen. Por eso no puedes decir que son champaña”, matiza. El espumoso aumenta su calidad cuando fermenta a mayor temperatura. Entonces, su burbuja es más fina y el líquido, más consistente. “Chirro” apaga las luces de la bodega.

José Rosales coge una botella de vino espumoso

Grupo Sierra Sur absorbió la extinta Vinícola La Martina en 2007. La dirección transmitió una orden precisa a sus empleados: la inversión debía salir adelante. ¿Cómo se alcanza el éxito en el mercado del vino? “Hay que seleccionar muy bien la uva y comprar la calidad A, que está en óptimo estado. Al separar la uva consigues muchos tipos de vino; si la mezclas, solo logras uno. Ahora tenemos once”, detalla. Las llenadoras de metal también están categorizadas: para los vinos sin gas, para los gafisicados y para los embases de cartón.

El ruido del aire acondicionado, cuando está enchufado, disimula el ajetreo de Rosales, que recorre la nave, con alma prolija: limpia el suelo, vigila los depósitos, coloca el material, registra en papel los lotes de vino y, en definitiva, vela para que todo esté en orden.

Hace frío. “Chirro” me sirve una copa de tinto y declina acompañarme: nunca bebe en su horario laboral, que comprende desde las nueve de la mañana hasta las siete de la tarde. Dos horas son para comer. “Pero siempre entro antes y salgo después”.

— ¿Y por qué te vas? —pregunto.

— Órdenes de arriba.

— ¿Estarás mejor en Pinos Puente, entre aceites?

— Es bueno cambiar. Aquí estoy muy solo.

Rosales no sabe qué día cambiará de trabajo, cuándo dirá adiós a Bodegas Campoameno. No se despedirá nunca del vino, protagonista de su inquietud poética: “Cuando yo muera, tengo dispuesto que me han de enterrar en una bodega, al pie de una cuba, con un grano de uva en el paladar”.

Rosales brinda con tinto