Entornó los ojos unos segundos, como si quisiera coquetear con el sueño. No despertó más. Seguro que lo lamenta. Me imagino a Manolo “El Sereno” reflexionando sobre su defunción y pienso en Saramago: “Morirme no me da miedo, solo me molesta”.

Manuel Ruiz nació en Fuensanta de Martos y creció en Fuerte del Rey. Falleció en Frailes, municipio donde residió la mayor parte de su vida, tras ochenta y ocho años de aventuras. No perdió el tiempo en la tierra. Aupado por una energía que retaba a la naturaleza, “El Sereno” vivió la vejez con intensidad. Como Benjamin Button, personaje de David Fincher, el embajador más laureado de Frailes rejuvenecía con los años. Al menos en espíritu. Caminaba con su filosofía servicial como credo: auxiliar a quien llamase a su puerta. No había jerarquías sociales para “El Sereno”: pobres, ricos, foráneos, vecinos, obreros e intelectuales entraban y salían de su casa borrachos de hospitalidad.

Me gusta recordarlo a lomos de su Suzuki verde, los ojos abatidos por las arrugas, el rostro de ignorar qué vías conducen al destino. El copiloto más fiel de su última etapa vital fue el escritor inglés Michael Jacobs. La amistad entre ellos, imprescindible para que el británico se sienta hoy frailero, creció en ese coche, en rutas por la Sierra Sur. Si se aferraba al volante era porque de esa forma, a cuatro ruedas, vigilaba mejor el pueblo, como en sus tiempos de guardián nocturno. Hombre de progreso, “El Sereno” siempre fue un cómplice del Ayuntamiento. Asesoró a Encarnación Anguita, única mujer alcaldesa de Frailes, ayudó a los socialistas Antonio Garrido y Antonio Cano, y se puso a la disposición de José Manuel Garrido, primer alcalde frailero del PP. “Amaba a su pueblo. Lo demostró con su trabajo. Más que con su papel de ‘embajador’, me quedo con la persona. Fui su última pareja de tute”, expresa Cano. “Nunca olvidaré cómo se portó conmigo. Él siempre pensaba en el futuro. Nos queda su legado”, tercia Garrido.

Los aniversarios que Manuel Ruiz celebraba en su casa aumentaban durante días el censo poblacional. Su don de gentes le sirvió para abrigarse en una suerte de farándula artística llegada de toda España. “Cada vez tengo más amigos escritores”, presumía cuando apagaba las velas. La vitalidad desafiante de “El Sereno” quedó demostrada cuando Sara Montiel visitó Frailes. La artista, glamurosa y entrada en años, se quedó encerrada en el cuarto de baño de Ruiz. No hay crónica que esclarezca si aquello quedó en anécdota o el anfitrión cumplió una fantasía de adolescente.

El amor no tocó a su puerta; él se adelantó y llamó a los timbres de todas las doncellas, solteras o esposas en funciones. “Le gustaban mucho las mujeres. El viernes pasado intentó ligar con las enfermeras que lo atendían”, asegura Lolo Caño, amigo del fallecido, para dar fe de la salud hormonal que exhibió el octogenario hasta en sus últimas gotas de vida.

Me quedo sin entrevistar a uno de los hombres más importantes de la historia de Frailes, capaz de crear en un rincón la fábrica de aceite de oliva más pequeña del mundo. Manuel Ruiz, que siempre estaba despierto para velar a su pueblo, cabeceó un poco y se quedó dormido. Nadie creyó que hiciese falta despertarle. Al fin y al cabo, la vigilia era su reino: él era “El Sereno”.