Jugaba con mi coche teledirigido, lo perdí de vista un segundo y, al poco rato, un señor de rostro serio examinaba mi conducción por las calles de Málaga con ese aire superlativo de quienes deciden la suerte de los demás.

Mi hermano y yo reíamos en la bañera, los muñecos de goma de Timón y Pumba flotando en el agua, la espuma tiñendo nuestros pelos. Salimos a por dos toallas y nos absorbió un bar gigante. Una radiante camarera, tras guiñarnos, nos sirvió dos cubatas que duraron llenos cinco minutos.

Escribí el texto que dictaba mi profesor. Puse “hueso” con “h”. El maestro, sorprendido, me cogió de la mano y me llevó a la clase de enfrente para enseñarle la proeza a un compañero docente. Cuando quise volver a primero de Primaria, un autobús me recogió para llevarme a tercero de Secundaria.

Empecé a tocarme ahí abajo con la incertidumbre de no saber qué pasaría. Terminé el trabajo y aparecí desnudo en una habitación extraña. Como nunca tuve olfato, no supe a qué olía aquella alcoba. Una joven me abrazó con ternura tras un éxtasis fugaz.

Me puse la camiseta azul de Los Charrillos, celebré un gol abrazado a Juan Flores, volví a mi posición y, en el camino de retorno, la pista irregular del polideportivo se volvió de parqué. “Esto ahora es un pabellón”, me dijo mi portero.

Le dije a mi padre que me iba a estudiar Periodismo a Málaga, cogí la maleta y, al llegar a la facultad, un profesor me agilizó los trámites para irme a Salamanca.

Ya en Castilla y León, pedí tres copas: una para mí y dos más para mis compañeros argentino y brasileño. Apuré la última gota y un operario del aeropuerto de Barcelona me saludó con buen humor: “Benvingut a Catalunya”.

Garabateé en un puñado de folios grapados de mi colegio y, sin venir a cuento, estaba mandando textos al universo ilimitado de Internet.

Tecleé las primeras palabras de mi primer artículo con la inocencia del que no sabe dónde pisa. Recibí una llamada telefónica justo antes de concluirlo: “¿Te interesa un puesto en mi periódico?”.

Me invitaron al bautizo de un bebé pálido. Murió de viejo antes de que el agua bendita cayera sobre su cabeza. “Eso a mí no me pasa. Ya que estoy aquí, voy a vivir”, grité en medio de la iglesia. El cura se echó a reír.