Andan los dioses juguetones con el bueno de Dani Ribera. Primero le enseñan los pies de la fortuna con mala sombra y lo dejan con sed de gloria. Tras asumir que la riqueza deberá esperar, sufrió, el pasado domingo, otra mueca del destino menos chistosa. Al final su aventura indeseada acabó bien, sin incidentes.

Suben Dani Ribera y Pele López a La Martina en el coche del primero con ganas de pasar una tarde amena a cuatro ruedas. Sus esposas los acompañan. Todo es armonía matrimonial hasta que el hombre que nació con un jamón bajo el brazo le echa un pulso al riesgo. “Las gilipolleces de Dani”, resume su copiloto. Llegan a la Fuente del Raso, la naturaleza viva guiñándoles, el terreno embarrado avisa de que no es día de tentar a la suerte. Hambriento de adrenalina, Ribera pasa junto a los merenderos y se acerca al río, como si quisiera ver su auto reflejado en el agua. “Atravesó la parte que peor estaba, pero luego no pudo: se quedó atrapado”, relata Pedro Zafra, que acudió al rescate tras el toque de corneta de su compañero de batallas.

Presas del barro, las dobles parejas fraileras entienden que la tarde coge otro vuelo. El atardecer será menos romántico, pensarían. “Fuimos a echar el rato, pero se complicó la cosa. Como somos tan listos, pensamos que no pasaría nada. Y nos quedamos tan tranquilos”, dice Ribera. El albañil José Mora conduce por la carretera de La Martina rumbo a Frailes. Descubre un vehículo inmóvil y se acerca a la escena pantanosa con voluntad de ayudar. “Creo que eran las cinco de la tarde. No me acuerdo bien. Lo llevé hasta el barranco de Pucherete”, explica. El conductor desafortunado consigue lo que quería: cobertura para pedir un rescate en condiciones.

—Perico, estoy en La Fuente del Raso. Nos hemos quedado “pillados” con mi coche.

—Ya voy.

El dueño de Excavaciones Zafra no duda ante el SOS de su amigo. Su hermano David y su primo Pedro se montan con prisa en el todoterreno del maquinista. El equipo de auxilio es más familiar que La Tribu de Los Brady. “La que has liado, Puerco”, le espeta Zafra a su colega.

Mientras rescatadores y rescatados ponen de su parte para que el coche vuelva a la carretera, a Pele le entra un calentón periodístico: desenfunda su móvil para grabar y narrar entre risas cuánto pasa delante de sus ojos. El vaivén de las imágenes, que misteriosamente aparecen volteadas, refleja a la perfección la desdicha de una historia alocada, producto, probablemente, de la ingestión incontrolada del agua de El Nacimiento, símbolo del surrealismo frailero.

“Estuvimos tirando y tirando un buen rato. Yo sabía que con el todoterreno no podría ser”, cuenta José Mora, que coordinó la operación lo mejor que pudo.

Y todos pensaron lo mismo: era una misión para la retro de Perico. “Tuve que bajar y cogerla. Pude sacar el coche. El faro antiniebla voló por los aires”, ríe todavía Zafra.

El desenlace feliz, que se produjo poco antes de que cayera la noche, deja tres lecturas innegociables: Pele debe seguir su vida profesional en la construcción (porque de cámara pasaría más hambre que un caracol pegado a un espejo), el niño travieso que habita en Ribera es una mina de historias y no hay nada imposible para la Turbo Combi 3CX. “A ver si me toca de una vez la lotería”, ruega Daniel Mudarra, el último juguete de los dioses.