Vivió en Frailes menos de una década, pero recuerda cada rincón de la villa como si sacase un mapa arrugado de sus bolsillos. Antonio Lucas Mohedano (Belmez, Córdoba, 1943) echa la vista atrás y sonríe entre la nostalgia y la alegría. No ha olvidado el frío de los inviernos en las aulas de las escuelas viejas ni el salchichón que cerraba las matanzas en los cortijos. Tampoco lo han borrado de su memoria quienes lo conocieron como profesor y, más tarde, como alcalde de un pueblo que, a mediados de los años sesenta, “estaba por hacer”.

Tras dos años en Arjonilla, Lucas Mohedano aterrizó en Frailes en el curso 1967/68. La familia Vallecillos, únicos vecinos que conoce cuando llega, le dio hospedaje antes de su asentamiento en las casas destinadas a los docentes. Dos escuelas unitarias ocupaban el actual edificio del hogar del pensionista. Él formaba parte de La Agrupación Escolar Santa Lucía e impartía magisterio en las hoy conocidas como escuelas viejas. Las sesiones se desarrollaban en un contexto humilde que rozaba la precariedad: clases heterogéneas con alumnos de diferentes edades, una pizarra como principal herramienta de trabajo y la rasca invernal, que helaba los dedos del más templado. “Solo teníamos un brasero. Esa era la calefacción ¡Con el frío que hacía! Los estudiantes venían con pasamontañas”, explica. Su retina capturó una imagen sintética de aquellos tiempos que aún le conmueve: escolares de parajes y aldeas cercanas a Frailes llegaban, como peregrinos, a lomos de burros y mulas al centro. “Cuando entraban por la puerta me decían: ‘Me he levantado a las seis de la madrugada para ordeñar cabras’. Veía que esos chavales, que tenían solo trece años, ya eran mayores, ya eran hombres, tenían responsabilidades”. La palabra “cortijero” carece de acepción peyorativa para Lucas Mohedano, que siente admiración por quienes conciliaban (y concilian todavía) la vidas laboral y académica. “Fue un honor ser maestro de ellos, porque eran modélicos”.

Su sensibilidad pedagógica lo condujo a un reto complejo: dar lecciones en Los Rosales. Congregó a cerca de diez menores en una casa pequeña que le habilitó un amigo. Subía dos veces por semana en horario de tarde. Las familias de la aldea lo agradecían. La metodología que eligió para educar a sus estudiantes era tan sencilla como eficaz: incorporar el deporte y la naturaleza a la actividad docente. “Hacíamos dictados que estimulaban la competición entre el alumnado. Dividíamos la pizarra en dos mitades, una para cada equipo. Ganaba el que reproducía cien palabras seguidas sin errores”, rememora. Los paseos por los entornes rurales también eran frecuentes: Sotorredondo y Las Eras del Mecedero solían ser atrezos cuando las sesiones escapaban de las aulas. El río Chorrillo besaba el colegio, y Lucas Mohedano observaba a sus estudiantes empapados tras las pachangas futboleras de los recreos. “Algunos me esperaban en la puerta de mi casa. Sabían que los llevaría fuera para que aprendieran mientras lo pasaban bien”.

Fotografía de los alumnos de Antonio Mohedano

No tardó el docente treintañero en conectar con los padres de sus discípulos, que palpaban el respeto que le empezaba a profesar no sola la comunidad educativa, sino el pueblo entero. Con esa aura luminosa que distinguía entonces a los maestros de las villas recónditas, dio un paso al frente y le echó un pulso precioso a la mentalidad de la época. “Me miraban como a un loco cuando entraba en un hogar y le decía al padre: ‘Su hijo debe estudiar más, no puede dejarlo’”. Manuel Zafra y Victoria Gallego no apartaron los libros de sus vidas gracias a la tozudez del profesor que jugaba con los niños. El primero es traumatólogo; la segunda, enfermera. “También me acuerdo de Manolo ‘Pucherete’”. El periodista Santiago Campos le ayudó en su tarea: juntos organizaron una academia para dar cobertura educativa a hijos de pastores y agricultores. “A mí me respetaban, porque me querían. Las cosas han cambiado desde que el maestro no duerme en los pueblos”, asevera Lucas Mohedano.

Fotografías de estudiantes

Entre matanza y matanza, conocía cada vez mejor a la gente de Frailes. “Eran personas muy cariñosas que te ofrecían lo mejor que tuviesen. Si alguien moría, todos los vecinos apoyaban a la familia que sufría la pérdida”. El sabor del remojón cautivaba su paladar mientras radiografiaba la economía de la zona: el ganado y la recolecta de la aceituna. “Había gente que poseía olivos en cuestas muy pronunciadas. El dueño de una finca en La Martina debía hacer una labor casi artesanal. Estaban acostumbrados a trabajar en esos terrenos. Y lo mejor del pueblo era, sin duda, el agua, su mayor riqueza”.

La paternidad y la alcaldía

María Estrella Lucas nació en 1974, seis años después de que Antonio Lucas contrajera matrimonio y tres desde que fue nombrado director del colegio por el inspector Simón Oliver. La pequeña se convierte, por su carácter afable, en “la niña” del pueblo. Los padrinos de la menor fueron Matías Romero Pareja y Encarnación Romero Castro, matrimonio sin descendencia que vivía justo enfrente del antiguo profesor frailero. Quince días después de la llegada de María Estrella al mundo, la vida profesional de su progenitor experimentó un cambio enorme: la Alcaldía llama a su puerta.

—¿Cómo sucedió? —le pregunto a Lucas Mohedano. Me recibe en su casa, en Jaén, en la mañana de Nochebuena. Reside en el Colegio de Médicos. Su piso es elegante, acogedor.

—Un día me llamó un amigo íntimo de Jaén, Enrique Jiménez Arcos. Me contó que me quería conocer el Gobernador Civil, Pascual Calderón Hostos. Este señor me preguntó: “¿Te extraña que te halla llamado?”. Le contesté que sí. Hablé con él. Me dijo que era amigo de mi primo Matías, porque ambos se empezaron a dedicar a la construcción. “Lo llamo para hacerlo alcalde de Frailes”, continuó. Le respondí que me parecía bien, pero que nunca lo había sido. Sabía que en un pueblo de 1.200 habitantes algún día metería la pata. Tenía 31 años. Fui el acalde yeyé de la provincia.

— ¿Recuerda las elecciones?

— Eran tiempos franquistas. No había partidos, pero sí se hicieron votaciones. El día de las elecciones me fui a jugar con los niños al campo. Cuando volví, mi padrino Matías me dijo que una papeleta era nula. Un ciudadano puso “El Maestro” para referirse a mí. La mayoría me eligió, me nombraron alcalde y entendí que era una obligación importante.

—¿Cómo era la corporación municipal?

— Mi equipo de Gobierno lo integraban Antonio Pareja, Pepillo el de Amparo (tío de José Manuel Garrido, actual alcalde de Frailes), Ezequiel Mudarra, Miguel Vallecillos, el cuñado de Luis Pareja (José) y Francisco, un director de banca. Teníamos también a Manuel “El Aguacil”, un manitas, que lo arreglaba todo. Había tres oficiales: Juan Castro, Francisco Alcaide y José Garrido (Pepito). Cuando Fraga fundó Alianza Popular, yo soy alcalde de Frailes. Además, me acuerdo de Fermín Medina Ibáñez, que fue médico de Frailes durante más de cuarenta años, era un fenómeno de la Ginecología. Vivía para sus pacientes. También fue alcalde.

— ¿Cuáles fueron sus primeras decisiones?

—En Frailes estaba todo por hacer. Hubo una etapa de sequía tremenda y un grave problema: la gente tiraba mucha basura al río, que empezó a oler una barbaridad. Se me ocurrió la idea de plantear un sistema de recogida de basuras. ¡Una locura en el año 74! Había que cobrar por este servicio a todos los ciudadanos. Solo eximimos a los pobres de solemnidad. Luis, un cuñado de Santiago Campos, tenía un camión que recogía los restos orgánicos un día sí y otro no. La jornada costaba una peseta.  El 75% del pueblo no lo veía con buenos ojos. Pasaron tres meses y estaba claro: si lo llego a quitar, me echaban. La gente se acostumbró. Por otro lado, el asunto del agua también me preocupó. Todo el mundo dejaba el grifo abierto, la fuga era continua. Decidimos poner contadores. Teníamos problemas porque no había una estructura eficiente. Estudiamos la puesta de contadores con José Fernández Lampaya, ingeniero jefe de la Diputación de Jaén. Me dijo que, debido a la orografía de Frailes, instalar un sistema de agua era muy costoso en un pueblo lleno de callejones. Finalmente, hicimos un proyecto que pudo aplicar el primer alcalde de la democracia. Yo me fui en el año 76.

— ¿Cumplió los objetivos que se propuso?

— Creo que sí, sobre todo con el asunto del agua, que para mí fue una alegría. Un día me llamó el alcalde de Alcalá, Miguel Sánchez-Cañete Salazar, y me dijo que no tenían. Fue mi padre político. Solucionamos el problema y me lo agradeció. A cambio sirvió para que algunos fraileros consiguiesen trabajo en una empresa alcalaína. El asunto de la limpieza mejoró. Instamos a la gente a embellecer sus balcones a través de un concurso. Plantamos rosales en el edificio del viejo colegio. Hicimos un jardín que se quedó precioso. Además, pusimos una calefacción de butano en el centro; se acabó el brasero. También pude arreglar el carril de Hoya del Salobral, que sirvió para que más tarde pasasen coches. Los ancianos de ochenta años veían subir una segadora y no se lo creían. El cuartel de la Guardia Civil actual se estrenó cuando estaba yo. Me acuerdo que había seis guardias y un cabo, gente comprometida.

— ¿Cómo le fue con los festejos?

— Un ciego, de cuyo nombre no me acuerdo, nos enseñó a tocar la guitarra y fundamos la tuna de Frailes. La Feria de San Miguel me la llevé a los patios del colegio. Aquello me costó un disgusto con los vecinos del barrio de la iglesia. Busqué un lugar para que todo el mundo tuviese acceso. Contraté  tres días de fiesta con menos de ocho mil pesetas. Vino un italiano que hacía trucos y tocaba el saxofón. Actuó el grupo granadino Ellos y Ellas. Muchísimas personas de otros municipios fueron a Frailes para ver su espectáculo. Luego la gente aceptó el cambio de ubicación. Mi idea era que todos pudiesen beber y estar en el recinto del baile. Éramos un pueblo rural que debía progresar.

— ¿Qué proyectos no pudo concluir?

— Me hubiese gustado crear una fábrica de chacina con quince o veinte puestos de trabajo. Algo así como Cooperativa Chacinera Santa Lucía. Mi idea era industrializar la matanza. También quería acondicionar El Puente de los Molinos para que fuese una recepción turística potente. Había que cambiar de modelo y expandirse. Quise hacer una política asamblearia, involucrar a los vecinos en los problemas de la villa para que opinasen.

Lucas Mohedano me asegura que ser alcalde de Frailes no es fácil, que el contacto diario con la gente es bonito, pero también exigente. Sus respuestas me invitan a pensar que él fue una suerte de administrador más cercano a las personas que a las ideas. “Siempre he sido hombre de pueblo y para el pueblo. Sencillez, responsabilidad, trabajo y que el mundo también es de los pobres. Esos son mis valores”.

— ¿Qué fraileros le marcaron?

— El médico Fermín Medina Ibáñez fue un referente, un profesional. El párroco Francisco Zafra estaba hecho para vivir en sitios pequeños. María “La Betuna”, madre de Santiago Campos, que sacó adelante a su familia con su tienda. También me acuerdo de personas muy trabajadoras, como Vicente Romero “Tambor”, Pepe “Pajarico”, Pepe Garrido y Miguel Vallecillos. Estos dos últimos lucharon mucho por el sector de la agricultura en su pueblo. Querían que la villa tuviese su propia cooperativa.

La narración de personas y lugares de su Frailes pretérito no concluye: Antonio Lucas Mohedano teje una red de nombres y detalles tan precisa que parece que asoma la cabeza por una ventana y reconoce intacta aquella época. Llegó el año 76 y el maestro que se convirtió en alcalde abandonó el pequeño municipio de la Sierra Sur que lo había acogido “como a un hijo mayor y como a un hermano”. Desde Jaén dirige ahora la mirada hacia el Balneario, el revulsivo que anuncia prosperidad. Pide que lo llamen Ángel Gavinet, en honor al literato granadino que lo frecuentó en el pasado. Lucas Mohedano volverá pronto al pueblo donde nacieron sus hijos, María Estrella y Antonio. “No me olvido de un lugar habitado por personas llenas de sensatez y de callos en las manos”.