¿Quién no ha oído hablar del fin del mundo en los últimos días? Y cada vez más, según se iba acercando el ansiado 21 de diciembre. Durante ese tiempo no he hecho caso a las alusiones al calendario maya, la eclosión de la Tierra, la desaparición de la raza humana, ni demás consideraciones al término del año 2012.

Sin embargo, debo reconocer que todos esos comentarios, la mayoría en tono de burla, hicieron mella en mi, apenas diez minutos antes de que el reloj marcase las doce de la noche. Por un momento me pasó por la mente, que todo aquello fuese verdad y que dentro de unas horas todo se fuese al garete. Pensé en toda mi vida, reflexioné sobre eso, y sobre todo en lo que no había hecho. No me gusta hacer planes a larga distancia, pero ¿quién no tiene sueños de futuro? Asombrada por tan inesperada desesperanza, me levanté y me dirigí hacia la ventana. No sé lo que quería ver detrás de la cortina, mi cabeza me decía que solo iba a ver el mismo patio de siempre, pero mi fuero interno me impulsaba a comprobar que todo eran fantasías de fanáticos investigadores. Corrí la cortina y pude corroborar que todo seguía igual que siempre.

Dada mi experiencia nocturna, quizá debería haber comenzado este texto diciendo: “si estáis leyendo esto es que el mundo no se ha acabado”. La vida de la Tierra no se ha terminado, pero la de las personas puede llegar a su fin en cualquier momento. Por eso es tan importante disfrutar de cada momento y de las personas que quieres. Y, desde aquí, ya aprovecho para felicitaros a todos estas fiestas. ¡Feliz Navidad!