La premonición apocalíptica de la cultura maya se la pasa mi colega Guru por el forro. “Por mí como si se acaba el mundo. Me da igual, mejor para el mundo”, me dice. El otro día iba con mi coche y lo veo a la altura del Centro Juvenil corriendo como si se persiguiera a sí mismo. Una de las suyas, “made in” La Plaza de los Toros. Yo, que lo conozco como si lo hubiese expulsado a ostias de mi vientre, pensaba que sí le preocupaba la idea de que todo se vaya al carajo en apenas veinticuatro horas. Lo supuse porque he ojeado el catalogo de sus obsesiones. Fallé. Y me alegro: tampoco creo que el quiosco se derrumbe tan pronto. Esto va para largo.

El caso es que Guru ha subido a La Martina y ha grabado una panorámica preciosa, que, en algunos momentos, me recuerda a la poesía de Terrence Malick en “El árbol de la vida”. Montaña, piedra, cielo, nieve, sol y un hombre en medio de la creación. El viento amaga con rugir y tapa la voz del cineasta frailero, que narra lo que ven sus ojos, que son la cámara. Lástima que no optara por la belleza de la elipsis: las imágenes hablan por sí solas, sobra la voz en off. La pieza, de tres minutos y medio de duración, retrata al personaje, que también es creador, feliz en tierra de nadie, arropado por  la naturaleza, su última diva. La Martina, Valdepeñas, La Sierra del Trigo, La Hoya de Charilla, Sierra Nevada, La Pandera y Sierra Mágina (“esos piquitos que apenas se ven: el destino final de mi aventura”) se suceden en el horizonte del encuadre mientras el espectador lamenta que el camarógrafo no naciese mudo. “Está como una orza de pitos”, me dice mi padre cuando lo ve en el vídeo, subido en una piedra, grabándose a sí mismo.

Relata Guru que Frailes está al fondo de unos montes, rodeado de nieblas bajas. Es en ese instante cuando me mosqueo más que un pavo en Navidad. La atmósfera difusa que envuelve al pueblo estos días, que tan bien capturó y compartió en Facebook Trope, parece anunciar que algo se acaba. Para colmo andan los mayas jodiendo con el fin del mundo o el fin de ciclo. Tienen un espíritu navideño muy especial; ni rastro de panderetas ni de polvorones. Si de puñetera casualidad el planeta ardiera, como en Bola de Dragón, que nos den un par de días más para que Guru suba otra vez a La Martina, vuelva a grabar esa hermosa panorámica y no abra el pico mientras el piloto esté en rojo. Y cuando apague la cámara, entonces sí: todo a la mierda lentamente, fundido en negro.