A veces, cuando está sentado en el sofá de su casa, se le viene la imagen de Iniesta regateando en una baldosa a dos rivales o cambiándosela de pie para llegar, como un fugitivo, a la línea de fondo. Juan Antonio del Moral metaboliza como puede que su ídolo juegue en el equipo rival. “Es que el manchego es muy bueno”, reconoce este madridista de guante blanco. Como el de Fuentealbilla, Del Moral conduce la pelota con la derecha, reparte el juego en la medular cuando se enfunda la camiseta del Atlético Jaén sin gestos de divo. Tiene 13 años. Asegura que en la categoría infantil no reparten flores de pascua, precisamente. “Me llevo bastante patadas; yo también doy alguna, de vez en cuando, pero no me gusta”, dice. Su destreza con el balón no ha pasado desapercibida. Natural de Hoya del Salobral, el joven se empeñó, desde muy temprana edad, en tratar con mimo la pelota, mientras el resto de sus compañeros de clase exhibían formas menos ortodoxas.

— Es diferente, tiene potencial — le dijo un profesor de Educación Física a Antonia Ramos, madre del chico.

— ¿Usted cree? —contestó ella, que no advertía en su hijo nada destacable.

“Le gusta mucho el fútbol. Su padre y yo le apoyamos, pero…”. El “pero” materno se resume en que no quieren que Juan Antonio sea víctima de los elogios externos, temen que el sueño balompédico del chiquillo se ahogue en su vanidad. A juzgar por cómo se calla cada vez que habla su progenitora, no hay peligro de que la presunta gloria le robe la humildad.  Recibió el premio al mejor futbolista de la Liga hace dos años. También entrena con la selección de Jaén. “Lo llevamos martes, jueves y viernes”, informa su madre, que escanea cada instante de la entrevista.

Más allá de  sus progresos en el deporte rey, Del Moral es un estudiante modélico. Lo demuestra en segundo de la ESO, en el IES Alfonso XI de Alcalá la Real. Compite con su vecina Lidia Romero por sacar las mejores notas en las evaluaciones. “Es una rivalidad sana, somos amigos”, expresa. La música es otra de sus inquietudes. Aprende a tocar la trompeta sin más ayuda que su interés, el mejor motor de los niños nerviosos. “La canción de ‘La Cigarra’ de Camarón es mi preferida”. El manto hogareño lo arropa del frío gélido de la sierra, que aparece anunciar un “crack”. No pasa nada si no llega a ser un astro del balompié. “Me gustan la biología y la química”, dice. Pero, como buen romántico, quiere luchar por ganarse la vida con el juego pasional que inventaron los ingleses.