Salgo de la casa de mi colega Guru, cineasta crepuscular con pedigrí. Nueve de la noche. Los copos de nieve, que me bombardearon antes de entrar, son solo huellas húmedas de la historia reciente. El frío persiste; el camino desde la morada del Loco de la Plaza de los Toros hasta mi coche se convierte en un laberinto de hielo por la estrechez de las calles, por la atmósfera polar. En ese momento es imposible pensar en el calor, en la hoguera. Me pregunto si alguna vez tuve órganos pecaminosos debajo de la cintura. No los siento. Me monto en el auto, la nieve cubre el parabrisas, las ventanas del piloto y del copiloto. El techo también parece un panel de lana de oveja. Trato de arrancarlo y, como no puedo, me acuerdo de la mítica escena del rally español, y lamento la ausencia de un acompañante que me grite con rabia. Mi Peugeot responde, tose con rudeza, como el ganadero anciano que aguanta el envite de los años, y echa a andar. “Vámonos de aquí. Me has dejado dos horas en el Polo Norte. Deberías irte andando a tu casa, que está a doscientos metros, pedazo de maricón”, parece regañarme el motor.

— Fran, soy Agustín. ¿Estás en tu pueblo?

— Sí, aquí ando.

— Voy para allá. ¿Nos invitas a comer?

Agustín Muñoz, fotógrafo de Diario JAEN, pide mesa para almorzar en mi bar. Usa el plural con motivos: viene con Juan Rafael Hinojosa, corresponsal de Alcalá la Real, y con Diana Sánchez, redactora de La Semana, ambos compañeros míos. Quieren hacer un reportaje sobre iconos espirituales de nuestra provincia, me piden que los lleve a Hoya del Salobral, que los escolte hasta la cueva del Santo Custodio. “Eso está hecho”, les digo. Convoco de nuevo a mi viejo Peugeot. Enfilamos la carretera de Los Rosales. No sé quién está más contento por la desaparición de los baches, si mi Pegaso oxidado o yo. Juanra, a petición del arribafirmante, fotografía el paisaje conforme nos acercamos al destino: la nieve liga más con los escenarios de sierra, abraza a los árboles, a cualquier expresión de la naturaleza. “Cuidado con el hielo en las curvas”, recuerdo el consejo de un amigo.

Llegamos a la iglesia de Hoya del Salobral. Subimos a la cueva donde rezaba el curandero más famoso del sur de Jaén. Allí, en lo alto, el viento es una navaja que corta el rostro. Aparece El Hombre de Blanco, ermitaño incombustible del lugar, reparte sus estampas donde aparece retratado. Diana quiere hablar con él. Me pide que haga de cicerón. Hablo con él, le explico que somos de la prensa escrita. “¿Callejeros? Esos me han grabado dos veces”, me cuenta. Al final accede a la entrevista y da su versión de los hechos con la precisión de las fuentes expertas. Sus pequeños perros me muerden los cordones. La rasca me disuade: mejor no abrochármelos.

Concluido el encuentro, abandonamos la aldea.

—¿Puedes llevarme a Alcalá? —me pide Juanra.

Mi coche ruge como un caballo enfurecido. Llevo a mi colega hasta su ciudad. Juanra vuelve a montarse en su bicicleta, la extensión de su cuerpo para repartir periódicos por los municipios más recónditos de Jaén. Nunca tiembla ante las inclemencias meteorológicas.

“Llévame ya a Frailes. Y enciérrame en una cochera, pedazo de maricón”, gruñe el motor de mi Peugeot 605. Le hago caso. En el camino a la villa no hay rastro de hielo. La nieve es un efecto óptico.