— ¿El Hombre de Blanco es libre?

— Más que tú y que yo.

— Pero parece sufrir una alteración mental pronunciada.

— ¿Está loco? No lo sé. Yo veo que vive a su aire, que no está preocupado en pagar facturas ni obedece las órdenes de nadie.

— Entonces, ¿es libre?

— Depende de lo que entiendas por libertad….

Mi coche descansa junto a la iglesia de Hoya del Salobral. Mi amigo y yo visitamos, como turistas de otro mundo, la cueva del Santo Custodio y vemos, por primera vez, la placa que conmemora el quincuagésimo primer aniversario de su muerte. Nos dirigimos un poco más arriba del conocido rincón espiritual y nos sentamos sobre piedras de un monte, como dos chamanes refinados vestidos con ropa del siglo veintiuno. Instantes antes de disfrutar del paisaje natural, hemos intercambiado unas nimias palabras con El Hombre de Blanco, un señor que custodia la cueva del desaparecido Ángel Custodio con la fe innegociable del que ama su doctrina. Cuando ya lo hemos dejado atrás, empieza nuestra charla, descrita su comienzo al inicio de este texto. Mi curiosidad por el anciano barbudo me lleva a preguntarle a mi amigo si este hombre, más allá de su lucidez, es o no libre.

— Si vive bajo su ley es libre —le digo.

— Sí, supongo que sí. Está aquí porque quiere —me contesta mi compañero.

— También es un bohemio. Nadie le dicta normas.

— Claro. Lo es. Va a su avío.

(De pronto, la libertad, protagonista de la conversación, nos lleva a hablar del liberalismo).

— Es un sistema económico, político y filosófico en el que el individuo solo tiene como límite de su libertad la de los demás- me ilustra mi colega.

— ¿Y económicamente en qué se diferencia del comunismo o del socialismo?

— En el liberalismo el Estado apenas interviene. En el comunismo los medios de producción pertenecen al Estado.

— ¿El liberalismo es conservador o progresista?

— Puede ser ambos.

— Pero el libre mercado permite que particulares especulen con la deuda de países. Hay gente que se está forrando con la crisis. Unos ganan pasta mientras una nación se va al carajo. No me parece moral —le espeto.

— Quienes hacen esto no generan la crisis. Simplemente son más listos. Tienen más información y se adelantan.

— En estos casos el Estado debería regular de alguna manera el mercado para impedir que unos cuantos se enriquezcan.

— Eso es lo que pasa en España. Pero la regularización estatal se hace para salvar a los bancos en vez de a las personas. No es culpa del liberalismo —aclara mi compañero.

— Romney, candidato republicano a la Casa Blanca, ha dicho que no puede lograr el voto del electorado que vive del subsidio. “No puedo convencerlos de que tomen las riendas de su vida”, dijo.

— Y tiene razón. No entiendo por qué se escandalizan algunos con lo que ha dicho. Es la verdad. El liberalismo permite que cualquiera desarrolle su proyecto vital sin apenas impedimentos por parte del Estado.

— Estoy de acuerdo. Yo quiero que la gente asuma que debe trabajar y ser emprendedora para ganar dinero, que no puede vivir del desempleo. En ese aspecto, soy liberal, como tú. Pero hay personas que no tienen nada. Para mí es innegociable el que haya educación y sanidad públicas para todos —afirmo.

— Sí, pienso igual, pero no estoy en contra de lo privado. Tú eres un liberal moderado. Yo soy un liberal utilitarista —dice mi interlocutor.

— Y ahora que soy liberal, ¿a quién voto en España?

— A nadie. No hay partidos liberales en nuestro país. El PSOE es socialista y hace políticas sociales. El PP no sabe dónde va —analiza mi compañero.

— ¿Para qué habré votado a IU en las últimas elecciones? —digo, entre risas.

Ya en silencio, pienso en los más de 245.000 euros que están por llegar a la Alcaldía de Frailes. Quiero que ese dinero ayude a quienes más lo necesitan. Pero también quiero que no sea un simple parche, que no sea pan para hoy y hambre para mañana. Me gustaría que ese capital sirviese para generar riqueza en el pueblo, que fuese un estímulo y que ayudase a todo aquel que tenga un proyecto bueno para la villa.

— Cada sistema político busca lo mejor para todos. Solo que unos van por un camino y otros, por otro —me dice mi copiloto, de vuelta a Frailes.

Y me acuerdo del Hombre de Blanco. Si de verdad ha podido elegir vivir en el monte junto a su fe, no hay duda, es libre. Pero si no ha tenido, a diferencia de otros, oportunidades de prosperar y nadie le ha ayudado a evolucionar en la vida, entonces solo puede percibir la libertad como un coto privado al que nunca ha tenido acceso.