José Luis Martín, nuevo secretario general del PSOE frailero, dijo, días después de ser elegido, que quiere fomentar el diálogo entre los vecinos para debatir cuestiones de interés público. La idea, tan lógica como saludable, deberá empezar a desarrollarla en el seno de su propio partido. Elegido tras una reveladora procesión de silencios e incertidumbre, Martín encara el reto que no consiguieron ni su padre, su predecesor en el cargo, ni Antonio Cano, exlíder del PSOE: despertar a una militancia pasiva y conformista.

El socialismo frailero, que institucionalmente ha mostrado, en sus dos últimas décadas de Gobierno local, una verosímil imagen de poderío y liderazgo, pierde músculo cuando convoca a sus afiliados para elegir el futuro del partido. Las dos últimas grandes decisiones del PSOE denotan distensión en los momentos importantes y escasez de voces críticas que apuesten por otros caminos, por otros nombres. La elección de María Dolores Cano como candidata a las últimas elecciones municipales se consumó tras una serie de reuniones en las que reinó el silencio de la militancia, incapaz de gestionar por sí sola el trascendental cambio de líder. A excepción de un reducido grupo que aupó a Caridad Castillo, una candidata llena de dudas, el resto esperó a ver qué dirección tomaba la cúpula del partido, que no se vio sorprendida por la débil fertilidad ideológica de los suyos. Un año después, el SOE se reúne para escoger secretario general y el escenario es prácticamente idéntico: fragilidad de discurso y nula presencia de militantes dispuestos a tener más protagonismo en la cabeza del partido.

La flojera y la indecisión que desprenden los afiliados están vinculados a la resaca de dos décadas a la estela de un líder que pasó de ser alcalde a El Alcalde. Pero esta no es la principal razón de la apatía militante. Su grave error es haber interpretado la jerarquía entre la cúpula y los miembros de a pie como justa e irreversible. Los socialistas sin cargo, al interiorizar en exceso su papel secundario, han incrementado el espacio que les separa de los líderes del partido, sus representantes. Por eso cuando estos últimos piden a la base que se implique en construir el futuro del socialismo frailero, los afiliados y simpatizantes callan y otorgan, como niños que solo caminan si van de la mano de sus padres.

La herencia del PSOE no proviene de un árbol genealógico. No es una cuestión de apellidos, de padres que son relevados en los cargos capitales por sus hijos, siempre dispuestos a evitar que el partido pierda fuelle. El pobre legado socialista es un relato de silencios que escribe su militancia, feliz de que en los capítulos claves siempre den un paso al frente las mismas familias.