Tenemos ojos y no vemos. La Biblia lo afirma con admirable sabiduría. Tiene uno las cosas delante y las ignora como si no existieran. Merece la pena agudizar los sentidos, examinar lo que ves, registrar lo que oyes, palpar la esencia de la vida. Conviene estar atento a lo que se cuece en cada esquina. Acechan sorpresas.

Las Roturas, luz del mediodía. Camino solo, descubro una yegua preciosa que nunca había visto. Tiene los ojos azules escondidos en una cara que canta melancolía. Detrás del blanco entero que baña su lomo asoma la tristeza de estar encerrada. Me acerco a la alambrada que arrincona su alma. Ella, como una mujer, me mira. Saco el móvil, nervioso. Quiero cazar el momento. Y ella se queda quieta, como si me diera permiso para fotografiarla. Parece que quiere hablarme. Silencio. Me marcho en silencio.

Proximidades del gimnasio, luz de la mañana. Me bajo del coche. Encuentro un depósito de ropa. “Lleva ahí un año. También hay otro en la puerta del colegio”, me dice Encarnación Castro, concejal de Medio Ambiente, cuando la llamo para preguntarle de dónde ha salido este aparato. “Abre la boca, echa la ropa”, reza el contenedor verde. Pienso en las prendas que tengo. Pienso que son demasiadas, que habrá gente que las necesite más que yo. Me juro no comprar más en mucho tiempo. Maldigo a todas las grandes marcas, me acuso de hipócrita.

Plazoleta de la calle Santa Lucía, luz del atardecer. Aparece Anita, la vecina mayor de Avenida Constitución. Habla amigablemente con unas mujeres sentadas en la terraza de mi bar. Les da un folleto. Me acerco. “¡Hola, cariño! ¿Cómo estas?”. Le contesto que bien. Me pregunta que dónde estudio ahora. Le respondo que ya no estudio, que trabajo en mi casa y en Jaén, los fines de semana. Se alegra, celebra mi salud laboral. “Toma esto”, me da una copia del mismo folleto que antes entregó a otras vecinas. “¿Qué esperanza hay para los seres queridos que han muerto?”, inquiere el papel, de esencia religiosa. Ella me hace la misma pregunta. “No lo sé”, le digo. “Desconozco qué esperanza albergan los muertos. Me temo que, tal y como está el panorama, los vivos tenemos aún menos”, pienso para mí, pero no confieso mi pesimismo a la entrañable anciana, que camina con problemas de vista y movilidad. Encuentro encantador que haya cruzado la calle para regalarme algo que a sus desgastados ojos es bello y valioso. “Adiós guapo, que te vaya bien”.

Terraza del bar, luz vespertina. El verano se acaba, lleno de sillas y mesas la puerta de mi casa. “¡Fran, Fran”! La voz grave sale de El Quiosquillo. Me resulta familiar. Pertenece al hermano de un viejo amigo. Me asomo a la calle. Es José Flores Heredia. Viene hacia mí como una bala. Le doy la mano, lo abrazo. Él me abraza con fuerza, con cariño, y prolonga la ternura de la escena. Le pregunto que cómo le va. Me dice que bien, que está de paso, que hoy vuelve a Almería. “¿Estás en una residencia?”, pregunto con torpeza, marca de la casa. “Estoy en un correccional de esos”, precisa a su manera. Lo insto a que sea inteligente, a que use la cabeza, ahora que la lleva mucho más alta que la última vez que lo vi. “No te metas en problemas”, le aconsejo. Su madre escucha nuestra conversación desde El Quiosquillo. “Es complicado, es complicado”, resuelve.