“No hay que llamarlo ganado. Su nombre es perdido”. La oración, ingeniosa y divertida, la pronunció un conocido pastor del pueblo el lunes pasado. No pude evitar reírme cuando la escuché detrás de la barra, mientras le servía un güisqui con Coca-cola, en vaso de tubo, con un par de hielos. El ganadero de toda la vida expresó, con el aire lírico del vencido, una realidad que azota al sector en Frailes y en la Sierra Sur: tiene que trabajar mucho para ganar muy poco dinero. El hombre se bebió el cubata y se fue a su casa, porque al día siguiente la rutina lo volvió a convocar. “Ahí os quedáis”, dijo antes de despedirse.

Tres días después otro renombrado y prestigioso pastor de la villa me hizo una interesantísima pregunta: “Fran, ¿cómo ves la situación?”. Pese a que la cuestión pudo parecer abstracta, por genérica, intuí que mi cliente me pedía un diagnóstico de la coyuntura económica, de los efectos de la crisis. “Mal, lo veo bastante mal. No me gusta el ambiente”, le contesté exhibiendo una precariedad de rigor periodístico alarmante; no le di ni un dato, ni un argumento, ni una explicación vaga que respaldase la sentencia apocalíptica. Solo pude escupir el primer cliché que dibujó mi mente. “Yo creo que el problema no es solo la falta de dinero. Algo hay en las ideas de la gente que no va bien”, retomó él, tratando de llevar aquel aborto de conversación a un plano menos material, más filosófico. Tras su relámpago metafísico lo más que pude hacer fue ponerle un café, una copa de hierbas y consolarle con una sonrisa. Él también reía, por dentro.

Esa misma noche, a la 22:00 horas, no había ni un alma en la terraza del bar. “No ganamos ni diez euros”, me dijo mi padre en tono guasón, desenfadado. Otras dos carcajadas. Los minutos pasaron y, con parsimonia, más de la mitad de las mesas quedaron pobladas. El consumo total, reprimido pero con parpadeantes indicios de despegar, se tradujo, por fortuna, en más de un billete rojo. Por una vez me alegré de que fallase un pronóstico paterno. Y lo celebré con un pequeño cuenco de salmorejo. A la altura de los tiempos.